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Herencia de democracia

Mi hijo vio por primera vez la luz del día hace casi 16 años. El olor a tierra mojada que predecía un aguacero anunció su llanto, mientras que las actas del registro de nacimiento dieron cuenta que además de mis brazos, lo cobijó la bandera de la segunda democracia más sólida de América y una de las democracias más fuertes del mundo.

Me pregunte si estás líneas deberían brotar del rigor profesional; pero, mi corazón prefiere hablar de lo mucho que este país, a pesar de sus múltiples falencias y enormes retos, le ha dado a una mujer jefa de hogar y a su hijo.

No tengo más bandera que el azul, el blanco y el rojo; soy apóstata de la política tradicional, esa que pareciera haber hipotecado nuestros sueños y me declaro públicamente inocente de tener militancia política alguna, a la vez que soy uno de los rostros de esa enorme cifra de indecisos de cara a las próximas elecciones.

Aún así, como decía Bertolt Brecht, sé que la política transversaliza todo, el precio del pan, de la harina, de la casa, de los zapatos o las medicinas, y sueño para mi hijo, como decía Debravo, una ciudad de luz, pan y canto. Lo que deseo para él, lo deseo también para los hijos de mis amigos, de mis vecinos, de los compañeros en el camino, para los extraños y los desconocidos también.

Sueño que sus retinas se fundan con vitrinas de museos que le hablen siempre de un país que escogió la democracia hasta hacerla una de las más sólidas del orbe, distanciándose de los rumores de guerra y los autoritarismos ajenos, y que cambió soldados por maestros.

Pido que sus pies caminen seguros por el barrio que lo vio nacer, por esos espacios que conoce desde niño, encontrándose orgulloso con el relato de un país chiquitito, bañado por dos océanos y guardián sigiloso del 5% de la biodiversidad mundial, que ha sido pujante a través de sus trabajadores, de sus agricultores, de sus médicos y enfermeras, de sus docentes, de personas honradas y respetuosas, de todos y todas aquellos que con el sudor de su frente han plantado una semilla de esperanza para cosechar un futuro más próspero.

Deseo que sus ojos solo se encuentren con dictaduras en los libros de su biblioteca, esa que tanto ama, que cuida con tanto anhelo y que es el esfuerzo también de una familia trabajadora, como tantas otras en este espacio de la geografía que quieren para sus hijos e hijas un mejor mañana, conscientes que la educación es la única llave para abrir una puerta tan grande como lo es la del progreso.

Deseo que su salud sea siempre resguardada por un sistema de salud público sólido, con especialistas comprometidos y equipo de alto nivel; como aquel que lo recibió cuando era apenas un recién nacido, frágil y vulnerable, en el Hospital Nacional de Niños, y supo diagnosticarlo, cuidarlo y sostenerlo.

Deseo que guarde en un rinconcito del corazón el mapa de un país que no cese sus esfuerzos por lograr menos desigualdad, mayor cantidad de empleo digno y formal, cifras decrecientes de pobreza real y más inversión social, como apuesta a no hipotecar el futuro común y generar oportunidades para todos y todas.

El poeta turrialbeño, en uno de sus versos más poderosos, supo adelantarse a su tiempo y esbozo la silueta de nuestro presente al decir que “estamos sin amor hermano mío, y eso es como estar ciegos, en la mitad de la tierra”. En las últimas décadas, no habíamos estado tan polarizados, viendo en quien piensa diferente prácticamente un enemigo. Por eso, también deseo que nunca tenga miedo de sentarse en una mesa para, con respeto, dialogar con sus amigos, colegas o familiares sobre los asuntos que le interpelan.

Para lograr todas estas aspiraciones, más que nunca, urge un reencuentro, una comunión auténtica: esa que tantos anhelamos para tender puentes y encontrar, juntos, soluciones a los graves problemas del país. Después de largas décadas de desidia, de corrupción y de progresivo desmantelamiento de instituciones esenciales, esas que han sostenido la paz social costarricense, se impone una tarea ineludible: intervenirlas, rescatarlas y devolverles su razón de ser, para que sirvan, como siempre debieron, al bien común. Aunque parezca pequeño y aunque quizá no sea suficiente, el crayón naranja en la urna electoral será un arma importante.

A través de la historia, se nos ha demostrado que lo normal es la tiranía y la democracia es la excepción, una rareza histórica, un acuerdo frágil, por cuanto no es razonable darla por sentada. Cuidarla es tarea de todos y todas, a través de pequeños gestos cotidianos de análisis, diálogo y respeto; pero, también a través de nuestro derecho al sufragio. La democracia no se salva sola.

Por mi hijo; por los suyos; por los niños que corren en la plaza esta tarde; por los muchachos que “mejenguean” a la luz del medio día mientras nace este texto; por sus seres amados, de forma responsable e informada, salga a votar.