Los saludo.
Estas palabras que escribo nacen de mi creciente preocupación con respecto al fanatismo y a las emociones que imperan en el ambiente electoral costarricense. Vienen con el fin de ofrecer un diagnóstico —aunque sea parcial— sobre la raíz de esa preocupación y su síntoma principal, que se manifiesta precisamente a través del fanatismo.
El viernes anterior, en el programa Café Para Tres, escuché una intervención de Sebastián May en la que señaló que, en los tres últimos procesos electorales, las emociones predominantes fueron la esperanza, el miedo y el enojo, y que estas emociones fueron determinantes en los resultados de dichos procesos. Concuerdo con su análisis, pues ante la situación socioeconómica y la decadencia de la clase política tradicional, el electorado se decantó por esas emociones al momento de emitir su sufragio.
En la última elección, el catalizador del resultado fue el enojo. Este enojo se dirigió principalmente contra la entonces nueva clase política, representada por el gobierno del PAC con Carlos Alvarado a la cabeza. Si bien es cierto que dicho gobierno realizó un manejo adecuado de la crisis sanitaria provocada por el coronavirus y la COVID-19 desde el punto de vista de salud pública, también tomó decisiones —en conjunto con la Asamblea Legislativa de ese momento— que afectaron a las clases sociales menos pudientes y a los trabajadores públicos, como la reforma fiscal y la ley antihuelgas. Estos temas pueden analizarse con mayor profundidad en otro espacio, pues no constituyen el eje central de este texto.
No obstante, sí es necesario destacar que estas decisiones contribuyeron al desencanto y a la animadversión del electorado hacia esa clase política, impulsando la búsqueda de una alternativa distinta. Esa opción apareció de la mano de Rodrigo Chaves, actual presidente de la República, ampliamente respaldado por Pilar Cisneros, quien gozaba de una sólida reputación y de alta credibilidad entre amplios sectores de la población debido a su trayectoria en la televisión nacional. Con ese patrocinio político, una parte significativa del electorado fijó en Chaves su esperanza.
El enojo también se volcó de manera contundente contra el PAC, al que el electorado castigó de forma abrumadora, desplazándolo del gobierno central y, posteriormente, en las elecciones municipales. De igual forma, ese enojo se manifestó contra Liberación Nacional, por presentar un candidato con serios cuestionamientos de credibilidad y transparencia, asociados tanto a su pertenencia a la clase política tradicional como a su historial de evasión de la rendición de cuentas. La combinación de estos factores elevó el enojo de manera exponencial y contribuyó al escenario político que hoy vivimos.
Fanatismo y riesgo democrático
Hoy, a pocas semanas de un nuevo proceso electoral, mi interpretación es que esas emociones se han vuelto a entremezclar, de forma más intensa y amplificada por las denuncias estridentes del gobierno central. Denuncias dirigidas a la supuesta inoperancia de las instituciones públicas, de los otros poderes del Estado y a la narrativa de una supuesta necesidad de imponer un modelo que se asemeja peligrosamente a un gobierno de partido único. Este contexto ha desembocado en un fenómeno particularmente riesgoso: el fanatismo, frente al cual resulta extremadamente difícil modificar opiniones o abrir espacios de diálogo racional.
En particular, considero que parte del electorado que apoya a la candidata oficialista ha caído en la trampa de ignorar datos objetivos provenientes de estudios con rigor científico, elaborados por instituciones de alto prestigio nacional e internacional. Estos datos son desechados porque contradicen la narrativa confrontativa que se transmite de forma reiterada desde Casa Presidencial y desde la campaña oficialista. Se trata de una forma clara de disonancia cognitiva, en la que el conflicto entre datos y creencias se resuelve negando la evidencia.
Como bien ha demostrado la psicología, el cerebro humano tiende a minimizar el consumo de energía. Analizar nueva información exige esfuerzo cognitivo, por lo que resulta más cómodo rechazar aquello que desafía convicciones profundas previamente establecidas.
Este fanatismo puede resultar profundamente contraproducente. Cegados por la esperanza depositada en una figura política y por el enojo acumulado contra los partidos tradicionales —alimentado, con razón, por múltiples casos de corrupción denunciados a lo largo de los años— corremos el riesgo de poner en peligro no solo un cambio de gobierno, sino la integridad del sistema político democrático en su conjunto.
A ello se suma un elemento frustrante: la oposición no ha sabido articular una respuesta sólida, integrada y contundente para desmontar falacias y posverdades, ni ha logrado devolverle altura y seriedad al debate político, que con demasiada frecuencia se degrada hasta parecer un espectáculo de farándula.
Una invitación a la reflexión
Ante este escenario, considero fundamental que, al menos por un momento, dejemos de lado pasiones y creencias que nos limitan y nos impiden analizar los hechos con objetividad. Reconocer nuestra propia subjetividad y contrastar la información con datos verificables es el primer paso para construir un pensamiento crítico que nos proteja frente a la manipulación y la desinformación.
Asimismo, es indispensable recordar que todas las personas somos seres humanos sintientes y que el derecho a opinar y a discrepar forma parte esencial de una sociedad democrática. La divergencia de opiniones no debilita a la sociedad; por el contrario, la enriquece. El debate respetuoso, sustentado en datos y argumentos, puede conducir a puntos de coincidencia y a la construcción de consensos mínimos, base indispensable para un nuevo pacto social en Costa Rica.
Agradezco a todas las personas que se han detenido a leer estas reflexiones y espero que contribuyan, aunque sea modestamente, a mirar el próximo proceso electoral con mayor serenidad, profundidad y sentido democrático.
