Imagen principal del artículo: Este 1 de febrero, yo voto por la niñez de Costa Rica

Este 1 de febrero, yo voto por la niñez de Costa Rica

Siempre he sentido orgullo de ser costarricense.

Un orgullo que se siente, incluso cuando no se dice. Un orgullo que nace de haber crecido en este pedacito de tierra, rodeada de ríos que avanzan, montañas que cuidan y mares que abrazan. De saber que crecer aquí ha sido un privilegio. Un país pequeño en tamaño, pero enorme en decisiones valientes: elegir la paz, apostar por la educación, creer en la democracia.

Ese orgullo hoy no es solo gratitud. Es responsabilidad.

Porque la Costa Rica que recibimos no termina aquí. Continúa.

Y merece ser cuidada para quienes vienen.

Este 1 de febrero no voto únicamente por una papeleta. Voto como un acto de amor.

Amor a esta tierra que me ha abrazado. Donde habitan quienes más amo.

Voto por la pregunta más importante de todas: ¿qué país estamos dejando? Yo voto por la niñez de Costa Rica.

Voto por quienes aún no levantan la voz, pero ya cargan con las consecuencias. Por quienes miran el mundo con ojos abiertos y preguntas honestas. Las infancias que me rodean, las que ríen, las que sueñan, las que esperan…son mi razón más profunda para votar.

Creo en la democracia como se cree en una casa: porque resguarda. Creo en la división de poderes como se cree en un equilibrio que cuida. Cuando ese equilibrio se rompe, cuando se normaliza el irrespeto y la concentración del poder, quienes primero quedan a la intemperie son siempre las infancias.

Voto por un país donde la condición en la que se nace no determine hasta dónde se puede llegar. Donde la educación pública sea más que un sistema: sea un puente, un motor de movilidad social, una llave que abra caminos y rompa ciclos de desigualdad. Donde aprender no sea un privilegio, sino un derecho capaz de transformar vidas.

Voto por una Costa Rica donde cada infancia tenga opciones. Donde crecer sea vivir con posibilidades.

Donde soñar no sea un acto de valentía, sino una posibilidad real.

Voto también por una Costa Rica segura. Una donde salir de casa no sea un riesgo. Donde ir a la escuela no se sienta peligroso.

Donde los parques vuelvan a ser para jugar y las calles para caminar sin miedo.

Porque la seguridad no es solo ausencia de violencia: es presencia de tranquilidad, de confianza, de futuro.

Cada decisión política deja huellas.

En los comedores escolares, en las aulas, en los barrios, en los cuerpos y las historias de las infancias.

Y cuando se falla como sociedad, cuando se calla o se mira hacia otro lado, son las infancias quienes cargan primero con ese peso.

Por eso votar no es “un trámite”. Es un acto de amor.

De memoria colectiva. De cuidado.

No se puede “dar por sentado” el sistema democrático que conocemos. La democracia no se hereda intacta: se defiende, se ejerce, se cuida todos los días. Informarse, cuestionar, pensar críticamente y votar conscientemente es una forma de proteger lo que somos y lo que aún podemos llegar a ser.

Este 1 de febrero, detengámonos un momento. Pensemos en las infancias que nos rodean.

En esas manos pequeñas que confían.

En esas voces que aún no votan, pero ya esperan.

Que el voto sea por ellas.

Por su derecho a crecer sin miedo. Por su derecho a aprender.

Por su derecho a un país justo, democrático y humano.

Por la Costa Rica de hoy. Y por la mañana.

Este 1 de febrero, yo voto por la niñez de Costa Rica.

Salí a votar vos también. Sin miedo, con el corazón despierto y con esperanza; por quienes aún no pueden hacerlo.