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Están todos invitados

Este domingo, como ha sido la tradición familiar, tendremos de nuevo la más importante de nuestras fiestas. No me cansaré de insistir en que todos los miembros de esta gran familia son bienvenidos, sin excepción alguna, sin distinción de su credo, su afiliación política, su raza, su clase social o su género. Todos estamos convocados a compartir.

Como lo dicta la costumbre de nuestra numerosa y variada familia, la fiesta será en nuestra casa, aquel lugar que podemos llamar nuestro hogar, el sitio seguro al que acudimos desde pequeños. Ese hogar, con sus defectos y arreglos necesarios, no deja de ser por excelencia el sitio que cuidamos entre todos. Si bien son posibles las diferencias entre los miembros de esta familia, son muchas más las razones que nos unen, que aquellos artificios que nos dividen.

En esta casa, nuestro hogar, viven nuestros padres, crecen nuestros hijos y envejecen nuestros abuelos. Es el lugar de convivencia absoluta que compartimos por elección y no por imposición. Vivimos allí porque somos felices y plenos, o al menos aspiramos a serlo. En otras palabras, es la guarida sagrada donde resguardamos lo más valioso y elemental de nuestra existencia, nuestro vivir, nuestra dignidad y nuestra familia.

Como toda casa, el tiempo y las condiciones externas no dejan de pasar su factura. Los vientos de diciembre, las torrenciales lluvias de invierno y los imperdonables rayos del verano exponen nuestro hogar a inclemencias. Es por eso por lo que, cada tanto, nos debemos poner de acuerdo entre todos, como familia, sobre los arreglos que debemos realizar. Cada uno ayuda con lo que puede y con lo que tiene, pero nuestro techo común lo amerita.

Tan importante como nuestra familia y el hogar, es la fiesta que con disciplina y amor estamos organizando. No es un agasajo cualquiera, es la celebración por excelencia. Como indicaba previamente, es una fiesta en la que nadie se queda afuera, todos estamos convocados, como familia.

Tendremos el arroz con pollo como plato principal, preparado con el amor de nuestra madre. Nuestros hermanos, cada uno, llevarán los complementos que impone la tradición, algunos llevarán los frijolitos molidos, otros la ensalada rusa, otros las papitas y otros las bebidas. Nuestros abuelos prepararán el cafecito chorreado, con ese olor que reconforta el alma. Aquí nadie se quedará sin comida, entre todos prepararemos el banquete.

Si bien es una fiesta estrictamente familiar, tendremos como siempre a nuestros invitados especiales. Esos que llegan a nuestra puerta cada tanto y buscan con respeto, en la mayoría de los casos, tener nuestra aprobación para hospedarse. Siendo nuestro hogar un espacio tan sagrado – y la vez apetecido – no está de más señalar que debemos ser cuidadosos sobre a quienes invitamos. Abrir las puertas de nuestro hogar, en donde vive nuestra gente, es un acto de amor, pero a la vez de responsabilidad plena.

A nuestros queridos invitados, siéntanse en su casa. Es una fortaleza sencilla, pero construida sobre cimientos sólidos. La concesión que realizamos al dejarlos entrar en nuestro hogar la hacemos como un depósito de confianza. Esperamos entonces, que ustedes acepten la humilde invitación y se sumen a esta fiesta, una que no realizamos todos los días, pero cuando llega su momento, sacamos las mejores vestiduras.

Como nobles anfitriones que hemos sido siempre, solo pedimos a quien solicita este hospedaje temporal, que honren su visita mediante el respeto a nuestra familia y todos sus miembros, que respeten nuestras raíces, de donde venimos y hacia donde vamos, pero sobre todo, que respeten este espacio sagrado en donde tenemos la fortuna de todos vivir.

¡Que viva Costa Rica!