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Esclavos de la libertad

“El trabajo libera”. Eso dice el portón de entrada al campo de concentración de Auschwitz, donde la palabra ‘libertad’ adquiere un significado siniestro. ¿Cómo un valor defendido por muchos termina siendo desvirtuado para justificar la barbarie?

De acuerdo con el filósofo Isaiah Berlin existen dos definiciones posibles de libertad. La primera, más universalmente aceptada, hace referencia a la ausencia de coerción; mientras que la otra refiere a la posibilidad de autodeterminarse sin estar sometido a una voluntad ajena.

Es esta segunda definición la que genera problemas, al tener la voluntad propia límites inherentes a la vida en sociedad: desde aquellos provenientes del Estado y que organizan la convivencia —como la Constitución y las leyes—, hasta los que acompañan a toda persona desde el nacimiento, como la manera en que los demás valoran el género propio, el origen social o las desigualdades económicas.

A partir de estas limitaciones surgen actores que, aprovechándose de la insatisfacción que estas generan, buscan obtener el poder político para, desde el Estado, imponer una definición de ‘verdadera libertad’, ajustada a su conveniencia y a la de su grupo. Ejemplos de esta estrategia abundan en la política actual.

En Argentina, Javier Milei se autoproclama el primer ‘presidente libertario’ de toda la historia, cuando en la práctica su gobierno ha sido uno donde la libertad se ha vuelto sinónimo de concentración de poder.

Esto gracias al uso reiterado de los Decretos de Necesidad y Urgencia, justificados como una defensa de la libertad frente a un Congreso “colectivista”, se llega a una realidad en la que él y su grupo deciden qué discursos y políticas son válidos y cuáles deben ser perseguidos, dejando de lado la deliberación democrática.

También en El Salvador, donde Nayib Bukele afirma que “ahora sí somos libres”, gracias a la detención masiva de supuestos criminales (y opositores políticos), como múltiples informes de Amnistía Internacional señalan, para así liberar al ciudadano del miedo provocado por el crimen.

Bajo esta lógica, la prensa independiente y las organizaciones no gubernamentales se convierten en enemigos que atentan “contra la libertad del pueblo”, por lo que es válida su persecución. Así, para ser libre bajo el régimen de Bukele, aplica la lógica de la prisión: el reo puede hacer, pero solo con permiso y por tolerancia de su carcelario.

Pero el caso más peligroso, dada la influencia del país que representa, se encuentra en la segunda administración de Donald Trump, quien con la excusa de proteger la frontera de los inmigrantes —esos que él afirma “están comiéndose a los gatos y a los perros”— los expulsa masivamente de los Estados Unidos de América, nación fundada por buscadores de libertad religiosa.

Así, con el discurso de “América Primero”, Trump transforma la libertad en un privilegio que él mismo administra: decide quién es digno de pertenecer y quién debe ser excluido, incluso retirando visas a extranjeros que critican sus políticas, y presionando a la prensa independiente mediante amenazas legales, recortes presupuestarios e intimidación.

En todos estos casos, la libertad deja de ser un límite frente al poder y se convierte en la herramienta con la que este se justifica y  expande.

Escribió alguna vez John Adams, uno de los padres fundadores de la primera democracia moderna:

Nunca sabrás cuánto le costó a mi generación preservar tu libertad. Espero que hagas un buen uso de ella.”

Cuando el costo de la libertad se vuelve un cheque en blanco a los designios arbitrarios de una persona o grupo, algo se está haciendo mal, y entre más pronto tomemos conciencia, mejor.