Imagen principal del artículo: ¿En qué momento decir “salí a votar” se volvió incómodo?

¿En qué momento decir “salí a votar” se volvió incómodo?

Decir “salí a votar” debería ser una frase aburrida. Inofensiva. De esas que no generan debate, ni suspenso, ni drama. Y sin embargo, hoy en Costa Rica provoca silencios incómodos, miradas evasivas y conversaciones que se cierran con un “mejor no meterse en eso”.

En algún punto, hacer un llamado al voto dejó de percibirse como un gesto democrático básico y empezó a leerse como una provocación. No porque se esté pidiendo votar por alguien en particular, sino simplemente por invitar a participar.

La pregunta es inevitable: ¿en qué momento pasó esto?

Cuando votar se volvió sospechoso

En el trabajo ciudadano costarricense —dentro y fuera del país— se repite una escena cada vez más común: artistas, asociaciones culturales, figuras públicas y espacios sociales que prefieren no decir nada. No porque no tengan opinión, sino porque temen ser etiquetados políticamente.

Esto lo hemos vivido de forma directa desde el caso de Costa Rica en el extranjero, una plataforma basada en la organización ciudadana, de la cual formo parte como una de sus coordinadoras. Al intentar generar apoyos para campañas orientadas exclusivamente a reducir el abstencionismo y promover la participación democrática, la respuesta que más se repite no es el desacuerdo, sino el silencio. O, peor aún, una forma de autocensura presentada como prudencia: “prefiero mantenerme al margen”, ya sea por el deseo de no ser asociado a nada político o por el miedo a que se le asocie con algo distinto al partido al que ya se le juró lealtad.

Hoy, incluso un mensaje tan elemental como “salí a votar” es interpretado por algunos como estar “a favor” o “en contra” del gobierno de turno. Como si el voto fuera una ideología y no un derecho.

Democracia, pero sin incomodar

La paradoja es esta: decir “salí a votar” incomoda más que no decir nada.

Promover la participación genera más sospecha que aceptar la abstención como paisaje. Incluso hay partidos políticos que reaccionan con molestia ante llamados generales al voto, bajo el argumento implícito de que la participación solo es legítima si se traduce en apoyo exclusivo hacia ellos.

Con los niveles de abstencionismo que todo indica podrían romper récord este año, uno pensaría que ya existiría —al menos— una versión tropical de We Are the World, grabada por músicos nacionales llamando a votar. No por militancia, sino por puro instinto de supervivencia democrática.

Pero no. Hoy eso parecería demasiado arriesgado. Mejor seguir con canciones y arte del “pura vida”, cuidadosamente desprovistos de pensamiento crítico, no vaya a ser que alguien se incomode al enfrentarse a opciones para el sano debate.

Así, la neutralidad extrema se ha convertido en una especie de virtud cívica. No decir nada es leído como sensatez. No incomodar, como equilibrio. Y no participar, como madurez política.

Juventudes entre el desencanto y el silencio

Este fenómeno se vuelve aún más preocupante cuando se observa en las juventudes. En espacios que se autodefinen como sociales o progresistas, muchas personas jóvenes expresan interés por informarse y debatir, pero evitan pronunciarse públicamente.

No porque no tengan criterio, sino porque sienten que cualquier gesto será leído como alineamiento partidario. Si no se usan los colores correctos, si no se repite el discurso esperado, entonces mejor no decir nada.

Así, incluso iniciativas ciudadanas que buscan abrir espacios de conversación entre jóvenes —sin consignas ni líneas partidarias— son descartadas por no encajar en la lógica de bandos. El mensaje implícito es claro: participar está bien, siempre y cuando participés “del lado correcto”.

Cuando el silencio se vuelve norma

Hoy convivimos con dos realidades que deberían preocuparnos más de lo que parece:

Por un lado, ciudadanía, artistas y organizaciones que optan por el silencio para no ser señaladas. Por otro, espacios que se dicen abiertos al diálogo, pero que solo dialogan con quienes piensan igual.

Cuando esto ocurre, el debate público se achica, la participación se reduce y la democracia se debilita. No porque falten elecciones, sino porque faltan voces. Y porque decir lo obvio —“salí a votar”— empieza a sentirse como un acto temerario.

Volver a decir lo evidente

Tal vez haya que volver a lo básico.

Recordar que votar no es una ideología, que participar no es una provocación y que promover la participación democrática no debería requerir valentía.

Defender la democracia no implica estar de acuerdo en todo. Implica, al menos, no renunciar al espacio público por miedo a incomodar.

Porque cuando promover el voto incomoda más que el abstencionismo, el problema ya no es político. Es democrático.