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Elecciones, redes sociales y una sociedad cada vez más dividida

La polarización política no solo divide votos; divide familias, amistades y comunidades. En el actual panorama electoral, las diferencias ideológicas han trascendido el debate democrático y se han convertido en factores de ruptura dentro del tejido social.

Costa Rica ya ha vivido otros momentos de profunda división. Uno de los más recordados fue el referéndum sobre la aprobación del Tratado de Libre Comercio (TLC), cuando el país se partió entre el “sí” y el “no”. A pesar de la intensidad del debate, ese periodo estuvo marcado por una participación activa en el espacio público: marchas, banderas, discusiones abiertas y una sensación de involucramiento ciudadano que, para muchos, se vivía casi como una fiesta cívica.

Hoy, el ambiente es distinto. La discusión política se ha trasladado en gran medida a las redes sociales, donde los algoritmos agrupan a las personas en nichos cada vez más cerrados. El bloqueo del que piensa diferente se ha vuelto una práctica común, y estos espacios digitales terminan funcionando como cámaras de eco donde solo circulan las ideas propias, reforzando visiones únicas y, en algunos casos, actitudes cercanas al sectarismo.

El anonimato que ofrecen estas plataformas también ha cambiado la forma de relacionarnos. La distancia de una pantalla facilita la descalificación, el insulto y la deshumanización del otro, erosionando la posibilidad de un intercambio respetuoso. Como resultado, muchas personas prefieren callar sus opiniones por temor a la exposición pública, al linchamiento digital o a la ruptura de vínculos personales.

Esta dinámica ha profundizado la fragmentación de los grupos sociales. La identidad política comienza a imponerse sobre los lazos comunitarios, y el desacuerdo se interpreta como una amenaza personal. El adversario deja de ser un ciudadano con otra visión del país y pasa a ser etiquetado como enemigo.

La democracia no se debilita por la existencia de opiniones distintas, sino por la incapacidad de convivir con ellas. En tiempos electorales, el mayor desafío no es solo decidir en las urnas, sino recuperar la confianza, el respeto y el diálogo que permiten a una sociedad mantenerse unida aun en la diferencia.

Al final, más allá de banderas y colores partidarios, la realidad cotidiana es compartida. Las mismas calles en mal estado, los mismos servicios públicos deficientes, las mismas preocupaciones por el costo de la vida, la seguridad y las oportunidades alcanzan por igual a quienes piensan distinto. La división política no cambia esos problemas estructurales; solo dificulta la posibilidad de enfrentarlos de manera colectiva.

Desde esta perspectiva, el verdadero riesgo no es pensar distinto, sino perder la noción de lo compartido. Y cuando una sociedad deja de reconocerse en sus problemas comunes, la democracia se vuelve frágil, incluso sin que nadie la ataque directamente.