Luna es mi hija.
Nació en octubre, en esta Costa Rica que llega a elecciones cansada, fragmentada y desconfiada. No es un símbolo bonito para adornar discursos ni una excusa emocional: es una niña real, con nombre, con futuro y con derechos que hoy se están decidiendo sin que ella pueda votar.
Cuando hablo de la Costa Rica que quiero para Luna, hablo de responsabilidad política. De decisiones concretas. De un país que no puede seguir administrándose a corto plazo mientras hipoteca el mañana de quienes acaban de llegar.
No quiero que Luna crezca en un país donde la inseguridad se normaliza y se explica, pero no se enfrenta. Donde el miedo se vuelve parte de la rutina y la respuesta del Estado llega tarde, mal o solo en campaña. La seguridad no puede seguir siendo un discurso reactivo ni una promesa reciclada cada cuatro años.
No quiero que herede un país donde trabajar signifique sobrevivir, donde el esfuerzo no alcance y donde la crianza dependa del sacrificio individual y no de políticas públicas reales. Un país que habla de crecimiento económico mientras empuja a las familias al agotamiento físico y emocional.
No quiero que Luna viva en una Costa Rica que presume sostenibilidad mientras permite que se degrade el agua, se debilite la institucionalidad ambiental y se tomen decisiones que comprometen recursos que no pertenecen a esta generación, sino a las que vienen. El ambiente no es negociable, aunque incomode intereses o discursos de desarrollo rápido.
No quiero que su educación dependa del código postal ni del gobierno de turno. La educación pública no puede seguir tratándose como gasto ni como problema. Es la base de la democracia que decimos defender. Un país que descuida la educación está renunciando, conscientemente, a su futuro.
Y no quiero que Luna crezca en una Costa Rica donde ser mujer implique cargar con más, explicar más y recibir menos respaldo. Donde la maternidad siga siendo invisible para el Estado y pesada para quienes la ejercen. La desigualdad no se corrige con discursos bien intencionados, sino con decisiones políticas valientes.
En este proceso electoral, Luna es la pregunta incómoda.
Porque ella no vota, pero paga.
Paga cada recorte mal hecho, cada política postergada, cada promesa incumplida.
Luna representa a una generación que va a vivir con las consecuencias de lo que hoy se decida o se evite decidir. Y eso debería pesar más que cualquier cálculo electoral, cualquier estrategia de imagen o cualquier pelea coyuntural.
No se trata de nostalgia ni de idealizar el pasado. Se trata de entender que gobernar no es solo administrar el presente, sino proteger el futuro. Y que ese futuro tiene nombre, fecha de nacimiento y una vida entera por delante.
Luna es mi hija.
Y por ella, y por quienes nacieron como ella, este país merece algo mejor que discursos fáciles y decisiones pequeñas.
Por eso, en estas elecciones, vaya a votar.
Vote con conciencia, con memoria y con responsabilidad.
Vote pensando no solo en el enojo del presente, sino en la vida que se está construyendo mañana.
Porque el voto de hoy no es abstracto.
Es la vida de Luna del mañana.
