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El voto “correcto” en una democracia fragmentada

En una conversación cotidiana, dos personas manifestaban su entusiasmo por participar en las elecciones nacionales y por ejercer responsablemente su derecho al voto. Sus palabras no negaban la democracia; al contrario, la defendían. Sin embargo, esta defensa parecía tener una condición implícita: el voto solo era válido si coincidía con su afinidad política y con la idea de que el desarrollo del país debía alcanzarse mediante la continuidad del gobierno actual. Cuando una tercera persona no compartía esa preferencia, el acto mismo de votar dejaba de ser alentado.

Escenas como esta no son excepcionales. Reflejan una tensión cada vez más presente en el contexto electoral costarricense: una democracia formalmente plural, pero simbólicamente más estrecha. Aunque Costa Rica vive bajo un multipartidismo consolidado, la experiencia de elegir se siente limitada, cargada de presión y de juicios morales sobre cuál es el voto “correcto”.

Es un escenario marcado por la fragmentación política, la indecisión electoral y una acumulación de decepciones con gobiernos anteriores, ha tomado fuerza una narrativa particular: la del continuismo como vía para el desarrollo. Esta idea sostiene que, para avanzar, no se debe cambiar de rumbo. Sin embargo, aquí nace una ironía profunda: en nombre del cambio, se promueve la permanencia; y en nombre de la democracia, se reduce la legitimidad de elegir distinto.

Los datos del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de enero de 2026 ayudan a comprender esta dinámica. Según el informe, un 40% de la población manifiesta apoyo a la candidata Laura Fernández, mientras que un 32% se mantiene indeciso con respecto a su voto. Esta redistribución no refleja necesariamente un electorado convencido, sino uno que ha encontrado en la continuidad una respuesta práctica frente a la incertidumbre política acumulada.

En este sentido, el respaldo a la candidatura no parece surgir exclusivamente de la evaluación de si figura individual o de su plan de gobierno, sino de su lectura como sucesora política del gobierno actual. Para una parte importante del electorado, el voto no se deposita en Laura Fernández como proyecto propio, sino como una extensión del liderazgo de Rodrigo Chaves, bajo la expectativa de que continuará —o será capaz de reproducir— lo que consideran un buen trabajo. El voto. así, se apoya más en la confianza transferida que en el convencimiento directo.

Esta lógica de sucesión se refuerza al observar la disposición hacia una eventual segunda ronda electoral. Solo un 10,4% de la población afirma que acudiría a votar si su candidatura preferida pasa a esta instancia, mientras que un 3,7% señala que no participará si dicha candidatura no figura entre las opciones.

Estos datos sugieren que el vínculo con el proceso electoral se debilita cuando la continuidad deja de ser una posibilidad concreta.

A ello se suma una percepción ambigua sobre la intensidad del proceso electoral: un 26,4% considera que esta elección es más intensa que las anteriores, mientras que un 26,8% la percibe como menos intensa. Esta aparente contradicción da cuenta de una democracia que se vive con una alta carga emocional y discursiva, pero con un compromiso desigual con la deliberación política.

La política está presente, se comenta y se discute, pero no siempre equivale a una evaluación profunda de las alternativas.

En charlas cotidianas de las que he sido parte, se repite con frecuencia la idea de que un candidato sería una buena opción, pero no por su partido, o que una candidata genera desconfianza por su cercanía con figuras del pasado. Estas expresiones, aunque no generalizables a todo el electorado, revelan cómo las trayectorias y vínculos pesan en la evolución política diaria.

Así, el continuismo deja de ser solo una propuesta política y se transforma en un criterio de validación del voto. Votar por la continuidad se asocia con responsabilidad y compromiso con el país; votar distinto, con riesgo o error. Aunque formalmente todas las opciones existen, no todas son consideradas igualmente “legítimas”. Algunas quedan fuera de este marco no por su contenido, sino por no encajar en la narrativa de la estabilidad y el “buen camino”.

Aquí se presenta la paradoja central del momento electoral costarricense. El multipartidismo prometía ampliar las posibilidades de elección, pero la necesidad de simplificar el escenario, el miedo al cambio abrupto y el desgaste político han reducido simbólicamente las opciones. El electorado no elige entre muchas alternativas, sino entre aquellas que perciben como seguras.

Reflexionar sobre esta contradicción, fortalece la democracia. Reconocer que el desarrollo no puede depender de una sola vía ni de una única lectura del cambio es parte de ejercer una ciudadanía crítica. En una democracia plural el voto no debería de jerarquizarse moralmente.