Más allá de las valoraciones morales y legales sobre lo que pasó con Nicolás Maduro, la realidad es que hay muchísima gente que celebra la caída del dictador. Y hacen bien porque, aunque a algunos no les guste, Maduro era un dictador y Venezuela vivía en una dictadura.
El detalle es que mientras celebramos eso, muchos olvidan que en realidad la dictadura la comenzó Hugo Rafael Chávez Frías. Pasaron solo 6 años desde el intento de golpe del 92 para que el antiguo teniente coronel finalmente lograra sentarse en la silla presidencial, solo que en 1998 lo logró a través de las urnas.
¿Cómo es que un golpista, juzgado y condenado, termina finalmente donde siempre quiso estar? Habrá quienes se quieran poner exquisitos con el análisis, pero la respuesta es sencilla: los golpistas cosechan la semilla que los gobernantes anteriores sembraron. Cuando el gobierno le falla constantemente a la gente, los escándalos por corrupción se repiten, las filas en la Caja no bajan, los homicidios no se detienen, las calles están llenas de huecos, las escuelas se caen a pedazos, ahí es cuando el camino se le abre fácil a los Chávez del mundo.
Los venezolanos no votaron a Chávez por su probada habilidad y capacidad de gestión pública, por su talento para lograr grandes acuerdos nacionales, por tener una visión de país, o porque tuviera un plan, para algo, lo que fuera. Votaron a Chávez porque estaban hartos y él les dio un “culpable”, le puso una “cara” a los responsables. Les dijo que tenían razón, les repitió como el Estado les falló y les dijo que él lo iba a arreglar todo. Nunca tuvo que explicar cuándo, ni cómo, solo que lo haría.
Una vez en el poder, los Chávez del mundo empiezan a quitarse la máscara. Una vez en la silla presidencial, empiezan a atacar a la Contraloría, al Poder Judicial, a los diputados, a la prensa, a todo el que les critique y se “ponga en su camino”.
Pero no operan solo a partir de la violencia y el ataque. Los Chávez también saben dar amor y “cariñitos” a quienes saben decir sí siempre, a quienes aprovechan que la jefa estaba de viaje para firmar decretos repugnantes, a quienes ocultan las rutas para solucionar los problemas de la educación, a quienes les hacen el trabajo sucio desde México o Tegucigalpa, a los periodistas que les hacen notas favorables aún si les mientan en la cara.
Estos Chávez saben que 4 años no alcanzan para lograr su “obra” y entonces trabajan rápido para poner a caminar las dos carretas que urgen. Por un lado, mantener atizado el enojo. Esa es la fácil, la receta es la misma de quienes estuvieron antes: ser mediocres en su trabajo, hacer poco o nada. El truco está en siempre echarle la culpa a alguien más, a los enemigos del principio de la historia. La otra misión es más delicada, pero la que da el golpe de gracia: eliminar los pesos y contrapesos del sistema, que no haya oposición, crítica, ni cuestionamiento. Conseguir que los otros poderes caigan, lograr mayoría absoluta para hacer lo que quieran con “legitimidad democrática”. El nuevo eslogan es “el pueblo nos dio un mandato absoluto”.
El problema es que para cuando esas dos carretas lleguen a destino, no solo no vamos a tener ni un solo problema real resuelto, también nos vamos a quedar sin democracia, sin derecho a exigir y en el peor de los casos, posiblemente sin libertad o vida.
La dictadura en Venezuela empezó allá por 1999, 26 años sin democracia, pero con los mismos problemas.
Entonces, como dicen, el que tenga oídos, que oiga.
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