El año inicia siempre con promesas personales: hacer más ejercicio, ahorrar, ordenar nuestros propósitos de vida, empezar un proyecto emprendedor, entre muchos otros. Pero pocas veces pensamos en los propósitos colectivos, esos que no caben en una libreta ni en una aplicación de teléfono, pero que definen el país que habitamos. Este 6 de enero, mientras aún resuena el espíritu de los Reyes Magos y la esperanza comienza a tomar forma, Costa Rica necesita un propósito urgente: volver a creer en la democracia.
Venimos de un año difícil. La violencia golpeó como nunca, la desconfianza en las instituciones aumentó, la polarización creció y la política se volvió un terreno áspero donde el diálogo perdió espacio frente al ruido. El desencanto se instaló incluso en quienes siempre defendieron el sistema democrático. Pareciera que poco a poco, dejamos de creer en nuestra capacidad para decidir el rumbo del país. Y cuando una ciudadanía deja de creer, el riesgo no es solo político: es moral.
Pero creer no significa ingenuidad. No se trata de romantizar la realidad que enfrentamos. Costa Rica necesita recuperar la fe en sí misma desde la responsabilidad: informándose, reflexionando, participando, exigiendo, votando conscientemente.
La democracia no se sostiene sola; se sostiene con el empeño cotidiano de quienes la habitan. No basta con indignarse en redes sociales ni con quejarse en la mesa familiar. No es suficiente la manifestación de íconos y frases en plataformas de comunicación. Eso dura lo que dura el hilo de mensajes subiendo y perdiéndose para la posteridad. Se requiere compromiso activo: vigilar a quienes toman decisiones, apoyar las causas justas, defender las instituciones que funcionan y transformar las que no.
Un nuevo año es una invitación a dejar atrás el cansancio y el cinismo. La política no es un espacio ajeno: es la suma de nuestras decisiones. Cuando renunciamos a participar, otros deciden por nosotros. Cuando dejamos de exigir transparencia, alguien aprovecha la oscuridad. Cuando normalizamos la violencia o la corrupción, el país retrocede. Por eso el propósito de año nuevo no puede ser individual; debe ser colectivo: tomar el control del futuro.
Costa Rica sigue siendo un país capaz de grandes decisiones. Lo demostró cuando abolió el ejército, cuando apostó por la educación pública, cuando protegió sus bosques, cuando amplió derechos humanos en momentos de tensión. Esa fortaleza no ha desaparecido: está dormida.
Este 6 de enero, la invitación es sencilla pero profunda: creer de nuevo. Creer en que la política puede mejorar. Creer en que nuestras voces importan. Creer en que un país pequeño puede sostener grandes valores. Creer en que cada voto vale. Creer en que la ciudadanía tiene el poder de corregir errores y abrir caminos.
Que el propósito de este año sea recordar que la democracia no es un regalo heredado, sino una construcción diaria. Si la cuidamos, si la revisamos, si la defendemos, volverá a ser la fuerza que siempre ha guiado a Costa Rica. Y si volvemos a creer, también volveremos a avanzar en prosperidad…el inicio de este año nos presenta esa oportunidad. ¡Hagamos que cuente!
Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio.



