En Costa Rica, miles de familias enfrentan cada día la incertidumbre de ver a un hijo enfermo que recibe atención médica en el Hospital Nacional de Niños. En medio de la angustia, surge una figura clave que sostiene, acompaña y da fuerza en todo momento, la persona que cuida.
Detrás de cada niño en tratamiento hay madres, padres, abuelas y tíos que se convierten —sin pedirlo— en pilares de amor y resistencia silenciosa.
En La Posada del Alivio, un proyecto más de la Asociación Pro-Hospital Nacional de Niños, lo vemos todos los días. Aunque más del 90% de las personas que se hospedan en nuestro albergue son mujeres entre los 18 y 49 años, también acompañamos a padres que han viajado días enteros desde zonas muy alejadas del país, como Los Chiles, Upala o Talamanca; a abuelos que ponen en pausa sus labores para sostener a un nieto. Todos ellos llegan con la misma mezcla de angustia, esperanza y amor.
Cuidar es una labor profundamente humana, pero pocas veces reconocida. No se detiene de noche, no entiende de feriados ni de cansancio. Es una entrega que no busca aplausos y que, sin embargo, sostiene la vida emocional de los niños que luchan por recuperarse. Por eso, desde hace 40 años, La Posada del Alivio existe, para cuidar a quienes cuidan. Para ofrecerles un lugar donde puedan descansar, alimentarse, desahogarse y recargar baterías después de un día difícil en el hospital. Un espacio cálido donde el alivio es tan importante como el techo.
Cada plato de comida, cada cama limpia, cada espacio de higiene personal o taller emocional está pensado para ellos, los cuidadores, porque sabemos que la recuperación de un niño también depende del bienestar de su familia. Como bien nos lo dicen los especialistas del Hospital Nacional de Niños, cuidar a un paciente pediátrico no es solo un acto médico; es una tarea que requiere padres fortalecidos y emocionalmente sostenidos.
La labor de quienes cuidan no distingue género ni procedencia. El amor se expresa en formas distintas, en una madre que duerme sentada por miedo a perder una llamada del hospital; en un padre de una comunidad indígena que, pese a la barrera del idioma, se mantiene firme a la par de su hijo; en el abuelo que reparte esperanza cuando todos los demás parecen agotados. En La Posada hemos beneficiado a más de 5 mil personas en los últimos cinco años, de las cuales un 17% pertenece a comunidades indígenas. En cada una se refleja la misma valentía silenciosa.
Hoy, sin embargo, este compromiso requiere crecer. La casa donde ha operado La Posada por casi cuatro décadas se nos ha hecho pequeña para responder a la demanda actual. Por eso nos hemos propuesto reconstruirla totalmente, duplicar la capacidad de alojamiento, modernizar los servicios y crear un espacio más digno, accesible y seguro. No es una obra de infraestructura; es una inversión en humanidad. Un acto de país hacia quienes sostienen, con el corazón en la mano, la recuperación de nuestros niños.
Quienes cuidan merecen más que reconocimiento, merecen descanso, acompañamiento y un lugar digno y seguro en donde sentirse también cuidados. Cuando fortalecemos a una familia, fortalecemos a un niño. Cuando cuidamos a un cuidador, sembramos esperanza.
La Posada del Alivio nació para eso. Y con el apoyo de empresas, donantes y personas solidarias, seguiremos garantizando que ninguna familia vulnerable deba enfrentar este camino sola.
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