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Foto: Gerardo Sequeira Pereira.

El poder del silencio

En mi larga lista de lugares por conocer, estaba la joya más alta de Costa Rica: el Cerro Chirripó. Durante algunas horas, ese lugar me regaló la compañía de insectos, aves, unos cuantos ratones, uno que otro par de ojos misteriosos y muchos, muchísimos pensamientos.

En una vida de “corre corre” constante: escuela, trabajo, casa, comidas, pantallas, rutinas, altos y bajos, pasamos por alto los momentos de silencio y paz. Caminando sola hacia el albergue, tuve la oportunidad de reconectar con el silencio para poder escuchar mis pensamientos. En ese momento no había rutinas ni deberes que atender: sólo caminar y disfrutar del momento, del lugar.

Por momentos incluso sentí que había olvidado cómo “desconectarme” para sentir una conexión más grande, en un sitio donde somos tan chiquitos entre la inmensidad de la montaña. Y aun así el silencio sigue ahí, esperándonos, paciente.

Fue entonces cuando interioricé cuánto había subestimado el poder del silencio. Lo retador que puede ser conversar con uno mismo, cuestionarse si realmente estamos presentes, o si el presente sólo pasa por nosotros. Y a la vez, pensar en cuánto damos por sentado estos lugares que nos invitan a vivir.

A menudo asumimos que las enormes extensiones de verde y las fuentes de agua pura del Chirripó siempre estarán ahí, esperándonos y sirviéndonos. Pero la realidad puede llegar a ser muy distinta.

Hubo un tiempo en que se pensaba que el agua era un recurso inagotable, y hoy esa idea suena como una fantasía. Hace algunos años, imaginar maquinaria destruyendo zonas protegidas mientras las autoridades se hacían “los rusos”, parecía ajeno a nuestra realidad nacional. Hoy es nuestro diario vivir.

Figuras en el poder que dan la espalda a actos atroces contra nuestra flora y fauna, “desarrollos” que sobrepasan cualquier límite de ética ambiental, medidas que buscan callar a la fuerza a los defensores de nuestras tierras. Todas son señales claras de la dirección que estamos tomando, o hacia donde nos quieren llevar.

Frente a ese ruido, el silencio de la montaña cobra otro significado. No es un vacío, sino que está lleno de vida, equilibrio y conciencia.

Cada paso en el ascenso fue también una conversación silenciosa con la naturaleza, que no exige, no interrumpe y no acelera, simplemente está. Y en ese estar, nos enseña a bajar el ritmo, a observar y a escuchar sin responder de inmediato.

La importancia de estos lugares no se centra solo en su existencia como refugios naturales, sino también en su función de espejos. Nos muestran lo pequeños que somos y, al mismo tiempo, lo responsables que deberíamos ser.

El silencio de la montaña existe gracias a ecosistemas frágiles que regulan el agua que bebemos, el aire que respiramos y el clima que nos mantiene. Cuidarlos no es un acto romántico ni opcional, es una forma de agradecimiento y coherencia.

Valorar estos espacios implica mucho más que visitarlos. Implica respetarlos, defenderlos y aprender de ellos. Implica entender que el silencio que nos comparten no es solo un regalo, sino una invitación a vivir de forma más consciente, más lenta y alineada con lo esencial.

Puede que no todos podamos o queramos subir al Chirripó, pero todos podemos hacer algo para que ese silencio siga existiendo. Todos podemos cuidar, cuestionar nuestros hábitos y reconectar, aunque sea por instantes, con la naturaleza que nos sostiene.

Porque en un mundo que no se detiene, el silencio se vuelve un acto de resistencia.