En julio de 2024, en la Universidad de Salamanca, escuché al Dr. Ricardo Rivero pronunciar una frase que hoy es el motor de esta reflexión: «En el pasado siempre tenemos las respuestas del presente». Como madre de tres hijos y académica, comprendí que para rescatar a la Costa Rica de hoy, debemos desenterrar las lecciones de quienes construyeron nuestro Estado de Derecho sobre cimientos de libertad, democracia y participación popular.

Nuestra historia moderna no es producto del azar. En 1948, liderazgos antagónicos como los de Rafael Ángel Calderón Guardia, Manuel Mora Valverde, el obispo monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez y José Figueres Ferrer, comprendieron que el país estaba por encima de sus ideologías. De ese cisma político nacieron en la década de los años 40 del siglo XX la seguridad social, el Código de Trabajo, la Contraloría General de la República, el Instituto Costarricense de Electricidad y el Tribunal Supremo de Elecciones entre otras. Al abolir el ejército, se decidió cambiar la inversión en armas de ese entonces, para apostar por una mejor educación y salud de calidad para la ciudadanía. Esa herencia se defendió posteriormente, en 1955 contra una pretendida invasión de Nicaragua, así como en las calles contra ALCOA en abril de 1970 y para salvar el Golfo Dulce de intereses de una transnacional (Stone Forestal) en los años 90, sólo por citar algunos ejemplos. Ahí está nuestra respuesta como lección de la Historia: la Costa Rica que amamos nació de la acción y la educación sobre la historia, pero no de la pasividad. Es tiempo de que la democracia participativa complemente la democracia representativa

Otro hito fundamental en la arquitectura del Estado Costarricense fue la reforma del año 2003 al artículo 9 de la Constitución Política. Con ella se reconoció explícitamente que el Gobierno de la República es ejercido por el pueblo y los tres Poderes. Esta incorporación constitucional debe leerse bajo una premisa clara: el pueblo es el soberano, pero el ciudadano es la individualidad expresa de esa representación.

Por tanto, sobre el Estado, debe comprenderse que el poder que ostenta es una facultad delegada, directa o indirectamente, con la complicidad de la ciudadanía. Esta delegación no es un cheque en blanco; por el contrario, obliga a los representantes no solo a rendir cuentas, sino a abrir las puertas, de modo que la sociedad civil, ejerza su derecho de control, tal como lo dispone el Derecho de la Constitución.

Esta reforma fue un paso para que el costarricense salga de esa «idiocia» (en el sentido griego): la condición de ciudadanos con derechos que se aíslan en lo privado, abandonando lo público. Sin embargo, salir de ese letargo no implica permiso para violar los derechos ajenos o agredirse mutuamente. De repente se olvidan las duras lecciones de 1948. Lo cierto es que mantener la independencia y la democracia acarrea un considerable costo político, social y humano.

Durante décadas, la educación cívica se limitó a enseñar a las personas a votar y delegar, como si la democracia y la responsabilidad que conlleva terminaran en la urna. Costa Rica se convirtió en una sociedad que entrega su responsabilidad individual, a terceros y luego se extraña de los resultados. Esa ausencia de una cultura participativa permitió que la indiferencia y la inequidad ocuparan el vacío dejado por nuestra propia ausencia ciudadana.Esta orfandad política conduce a una encrucijada peligrosa: una sociedad convencida con pesimismo de que el daño es irreversible.

Enfrentamos una transición histórica marcada por una incertidumbre y cambios veloces que no logramos procesar; pero el pesimismo de que "nada es reparable" no es más que el síntoma final de la propia desidia. La brújula, ese compás de los tiempos, no apunta hoy hacia un líder mesiánico, sino hacia el rescate de la propia responsabilidad, de valores cívicos y nuestra esencia como costarricenses.

Mi tesis: la verdadera participación no es solo votar

Debemos ser claros: la reforma del artículo 9 no convierte mágicamente al pueblo en soberano si no se ejerce una participación real. En coherencia con mi investigación doctoral, sostengo que la verdadera participación ciudadana es la que permite el desarrollo pleno del ser humano. Partiendo de su raíz etimológica, participar implica tres dimensiones inseparables: ser parte, tomar parte y tener parte.

Bajo esta conceptualización, la participación es el proceso donde las personas se involucran activamente en la formulación, toma de decisiones, fiscalización y control de aquello que impacta sus vidas. Para que esto sea posible, el Estado debe garantizar lo que denomino «las tres patas del banco»:

  1. Acceso a la información comprensible.
  2. Publicidad oportuna.
  3. Transparencia fluida.

Sin estas tres patas, el banco de la democracia se cae. El acceso a la información es solo la puerta; la participación ciudadana es el acto de entrar y tomar decisiones.

Ver al pasado para decidir el futuro

Como bien señalaba Santiago Muñoz Machado, el ciudadano ya no se conforma con elegir representantes y desentenderse. El ciudadano hoy debe mantener un «control constante». De cara a las próximas elecciones, ver al pasado es nuestra mayor responsabilidad, tanta como que sobre esos sólidos cimientos las nuevas generaciones se den a la tarea de construir su propio futuro.

El país es como nuestra propia casa. Cuando construimos nuestro hogar, cuidamos cada detalle: la calidad de los materiales y la idoneidad de quienes trabajarán en la obra. No delegamos la llave de nuestro patrimonio a cualquiera. Igual debemos hacer ahora. Es nuestro deber informarnos, pero sobre todo, tomar parte activa. Debemos evaluar quién posee la capacidad técnica y ética para fortalecer nuestro hogar nacional, ese que nuestros abuelos y padres levantaron con tanto sacrificio.

Tal como dijo don Ricardo Rivero, las respuestas están ahí. El legado que dejaremos a nuestros hijos depende de nuestra capacidad para despertar de la indiferencia y ejercer, de una vez por todas, la verdadera participación ciudadana que nuestra Constitución ya nos exige. Como bien lo dijo mi amigo Guillermo Barquero:

Cuando ya no estemos otros vendrán a construir lo propio y, por tanto, debemos asegurarnos de dejarles no menos, de cuanto hemos recibido".

Dejarles a los que vienen una parte significativa de la naturaleza y del Estado Social de Derecho que disfrutamos, así como la noción de patria que aún poseemos, es sobre todo, nuestra mayor responsabilidad.

Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.