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El lujo de no votar

Costa Rica es reconocida internacionalmente como una de las democracias más sólidas de América Latina. Su estabilidad política, el respeto al Estado de derecho y la alternancia pacífica del poder la convierten en un ejemplo y, para muchos en el mundo, en un ideal al que aspiran. Sin embargo, paradójicamente, aquello que afuera se admira, dentro del país parece perder valor.

Para una parte considerable de la población costarricense, la democracia se ha vuelto algo opcional, un tema más del día a día, reducido muchas veces a simple politiquería. La participación electoral, lejos de asumirse como un derecho conquistado y una responsabilidad ciudadana, es vista por muchos como un asunto ajeno, prescindible, que “no hace diferencia”.

Existe un dicho popular que afirma que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Esta frase cobra especial sentido al observar el creciente abstencionismo electoral en Costa Rica. Resulta preocupante que una mayoría considere que no ir a votar no es problema suyo, sin dimensionar las consecuencias que esa indiferencia tiene para el futuro del país.

El abstencionismo no es solo un número frío en las estadísticas; es una señal de desconexión, de desencanto y, en muchos casos, de desinformación. Cada voto que no se emite debilita la legitimidad del sistema democrático y deja decisiones trascendentales en manos de una minoría. No participar también es una forma de decidir, aunque muchos no lo quieran reconocer.

La democracia costarricense no se sostiene sola ni es un logro garantizado para siempre. Es el resultado de la participación activa de su ciudadanía, de personas que entienden que votar no es solo elegir gobernantes, sino defender un modelo de convivencia, libertades y derechos que han costado décadas construir.

Minimizar el acto de votar es un lujo peligroso, lujo que se cede para unos cuantos. La historia demuestra que las democracias no suelen caer de golpe, sino que se erosionan lentamente, cuando la apatía reemplaza al compromiso ciudadano. Costa Rica aún está a tiempo de reflexionar y corregir el rumbo, pero eso solo será posible si la ciudadanía asume que la democracia no es un favor del Estado, sino una responsabilidad compartida, una obligación de cada uno de nosotros.

Ir a votar no debería verse como una carga, sino como una oportunidad: la oportunidad de decidir, de exigir y de participar en el futuro del país. Porque cuando se deja de valorar la democracia, el riesgo no es perder una elección, sino perder mucho más que eso.

Salir a votar este primero de febrero es un símbolo de amor hacia el país, pero también un símbolo de amor por el futuro de nuestros amigos, nuestros familiares, la niñez, nuestros animales, de quienes amamos. Salir a votar es empatía.