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El lienzo del poder

Esas banderas multicolores en las calles, adornadas con volantes, carteles y una que otra valla publicitaria —qué va, ¡un montón!—, son los faros que intentan alumbrar la incertidumbre política que respira el país en estas semanas. Más allá de los diseños, los colores y los significados creados (o sacados de la manga) por cada partido, me intriga pensar cómo el arte ha sido siempre el encargado de medir el pulso de las promesas incumplidas.

Desde el Imperio romano, el arte ha sido el lienzo del poder. Los antiguos emperadores distribuían bustos por toda la región dominada para estar «presentes» allí donde físicamente no podían estar. Sin ir tan lejos, encontramos exponentes contemporáneos que han utilizado, por ejemplo, la música para incomodar y medir la temperatura social: desde Mercedes Sosa hasta Molotov. O lo utiliza la política o lo utiliza el pueblo, pero para ambos representa una batalla de narrativas.

El arte articula el descontento de una ciudadanía que no halla espacio en los discursos oficiales, lo que genera una frustración difícil de contener. Podemos considerar el arte en una democracia como un sistema de alerta temprana y su espejo más honesto; por ello, en los regímenes dictatoriales, lo primero que se restringe es la libre expresión. Que lo digan, si no, Sergio Ramírez y Gioconda Belli, exiliados políticos y literarios de Nicaragua.

Esto sucede porque el arte tiene la facultad de plantear preguntas incómodas. Mientras la política busca respuestas rápidas, el arte promueve interrogantes sostenidas en el tiempo. La política busca el voto; el arte busca la verdad.

Como ciudadanos, debemos analizar la política no solo en la papeleta, sino en la cultura que consumimos. Una sociedad que aprecia el arte crítico es, por definición, una sociedad mucho más difícil de engañar.