Muchos femicidios siguen un patrón reconocible: nacen de una venganza rencorosa. Al femicida lo carcome el malestar por lo que percibe como una injusticia, un agravio, una humillación o falta de respeto, y se obsesiona con buscar alivio.
Es un proceso progresivo de interpretar sucesos como ataques malignos y dedicar tiempo y energía a imaginar castigos. La práctica de entregarse mentalmente a fantasear sobre escenarios vengativos activa un mecanismo muy peligroso del cerebro: los circuitos que impulsan la adicción.
La adicción a la venganza
La dinámica es clara. La persona se percibe como víctima de un ataque; el dolor la debilita; la venganza imaginada la alivia y fortalece. Esa fantasía eleva la dopamina, asociada al placer, y el dolor desaparece. Cuando cae, el dolor regresa, junto con una necesidad intensa de revivir el placer de la venganza. Funciona igual que la adicción a las drogas: comienza con levedad y termina en devastación total.
En las relaciones íntimas, esta adicción es particularmente letal. El hombre que se percibe herido intencionalmente por la mujer busca represalia, directa o indirectamente. Al inicio, la violencia puede ser sutil, pero el ciclo empeora y exige dosis cada vez mayores y más frecuentes del placer de la venganza, hasta desembocar en femicidio.
El ejemplo del líder supremo
Rodrigo Chaves Robles se presenta constantemente como víctima de los daños que otros le causan y, desde la silla presidencial, dispone del poder para vengarse de todos los que lo agreden: su exesposa, excolegas, la oposición, la prensa “canalla”, la Asamblea Legislativa, la Fiscalía, el Poder Judicial, el TSE, la burocracia, los pensionados públicos, las personas LGBTIQ+, las mujeres que necesitan autonomía sobre la salud de sus cuerpos; la lista es interminable. Para cada agravio, promete un ajuste de cuentas.
Todos los miércoles exhiben abiertamente su adicción, presentándose como víctimas de innumerables corruptos, por lo que, según su relato, hay que obtener 40 diputados, desmontar la arquitectura democrática y eliminar ‘las trabas’ con el discurso de finalmente hacer justicia. Ese estado de euforia colectiva resulta irresistible para sus seguidores, que sienten el placer de la dopamina cada vez que sus dealers les recetan la dosis de sus fantásticas promesas de venganza.
No sorprende que el aumento de femicidios, asesinatos y violencia coincida con su período presidencial. Cuando el máximo representante del país modela conductas vengativas y ataques personales, envía un mensaje devastador: la venganza no solo es aceptable, sino admirable.
Reaccionar ante un ataque es natural, pero los femicidios, la violencia vial y el caos político no tienen que ver con la supervivencia real. Bajo los efectos adictivos de la dopamina, la razón se anula y la violencia escala, incluso convirtiendo a un hombre cualquiera en un asesino. Esa es la característica de la adicción: ser incapaz de frenar impulsos letales a pesar de saber las consecuencias.
Una herramienta poderosa
La ciencia ha confirmado el carácter adictivo de la venganza, pero también ha identificado una herramienta poderosa, gratuita y accesible: el perdón.
Perdonar es el proceso mental mediante el cual se deja de interpretar las circunstancias como daños intencionales e injustos. Incluso simplemente imaginar repetidamente momentos en los que se perdona apaga los centros de dolor del cerebro, desactiva los circuitos de adicción y regresa el pensamiento racional. El perdón puede funcionar de manera eficaz, pero exige valentía para tolerar la vulnerabilidad.
Los pasos del perdón no sustituyen la ayuda profesional cuando es necesaria, pero pueden ser un punto de partida accesible:
- Reconocer cuándo surgen fantasías de venganza
- Identificar qué es lo que realmente duele
- Con valentía permitirse sentir ese dolor sin huir
- Elegir pensamientos que permitan perdonar, no acusar
- Volver a interpretaciones más razonables
Durante décadas, los costarricenses hemos tenido el privilegio de la educación, la salud y la libertad. Ese resguardo nos evitó el sufrimiento de muchos otros países hermanos. De forma similar, muchos hombres han tenido el privilegio de la protección de una madre atenta y entregada, una sociedad que los empodera y múltiples opciones laborales. Ambos privilegios, el nacional y el de género, parecen haber dejado a muchos sin tolerancia para soportar dolor e incomodidad.
La globalización, la aceleración tecnológica y la creciente autonomía de las mujeres exigen un reacomodamiento del orden social. No es un ataque al individuo, una traición o una injusticia, ni una amenaza a la supervivencia. Es un cambio sistemático; es inútil enfocarse en encontrar culpables. Un electorado bajo los efectos de la dopamina de la venganza está incapacitado para votar con la razón.
El mismo ciclo adictivo que cobra vidas puede aniquilar patrias. La práctica colectiva del perdón es vital para interrumpir la compulsión por la venganza y recuperar la capacidad de razonar sobre una Costa Rica sana y funcional. Vote por una presidencia competente, no por una que trafica dopamina.
