Nos han enseñado, desde pequeños, que el arte está para acompañarnos. Para hacernos sentir menos solos, quizás. Para consolarnos. Para entretenernos.

Yo ya no creo en eso.

El arte que importa, el que nos hace sentir algo, es —para mi gusto— el visceral. Aquel que no tranquiliza, sino que más bien acelera el pulso, incomoda la respiración o nos deja una imagen que nunca se nos va.

Es ese libro que cerramos con rabia, la película que nos deja en silencio, la frase que alguien nos dijo y que nos persiguió durante días.

Como escritor, mi objetivo final no es que el lector “disfrute” de todo, sino, más bien, que no pueda salir ileso.

Estamos ya muy acostumbrados a apreciar el contenido que nos tranquiliza. El algoritmo sabe qué es aquello que no nos desestabiliza y nos premia con ello. Llamamos “arte” a lo que nos confirma y reafirma, no a lo que nos cuestiona.

Cuando el arte se convierte en refugio, deja de ser pregunta. Y un arte sin preguntas se convierte solo en decoración emocional.

Durante el 2025 entendí que escribir para agradar es una forma elegante de cobardía y que opinar con voz propia implica, a veces, perder lectores, pero ganar verdad. Creía que escribir era tocar la puerta para entrar, pero el riesgo exige encender la luz, aunque haya alguien dormido.

El arte que incomoda no busca respuestas inmediatas, sino, más bien, que no podamos seguir viviendo igual después.

El arte no está aquí para salvarnos.

Está aquí para quitarnos las coartadas.

La culpa, como siempre, es del arte.