Cuando una democracia deja de sentirse propia.

Costa Rica ha sido reconocida históricamente como una de las democracias más estables de América Latina. Sin embargo, en los últimos procesos electorales, el crecimiento sostenido del abstencionismo plantea una pregunta incómoda: ¿Qué está ocurriendo emocional y psicológicamente con una parte significativa de la ciudadanía?

Más allá de explicaciones técnicas o coyunturales, el abstencionismo puede leerse como un “síntoma psicológico colectivo”. No podemos decir que se trata simplemente de apatía o irresponsabilidad cívica, sino de una experiencia acumulada de desencanto, cansancio y ruptura del vínculo entre la persona y el sistema democrático. Es un error de reducirlo a simple desinterés. Con frecuencia, se interpreta la abstención como una falla individual: falta de compromiso, comodidad o ignorancia. Pero esta es una lectura limitada y contraproducente.

Desde la psicología social, cuando una conducta se repite de forma masiva y persistente, suele responder a “procesos adaptativos colectivos”, no a simples decisiones aisladas. Culpar al ciudadano sin revisar el cómo procesos democráticos previos han repercutido y construido una actitud en él, solo profundiza la distancia emocional y refuerza aún más su retiro silencioso del proceso electoral.

Surge entonces un concepto importante: La “Desesperanza Aprendida”, que significaría en este caso que votar deja de sentirse útil.

Deseo recurrir a uno de los conceptos más útiles para comprender el abstencionismo. Me refiero a la “indefensión aprendida” (desesperanza aprendida), propuesto por Martin Seligman. Este fenómeno psicológico ocurre cuando una persona o grupo internaliza la idea de que sus acciones no producen efectos significativos y que la sumatoria de experiencias dolorosas, frustrantes o engañosas, lleva a una persona o grupo a “aprender” que no ocurrirán cosas buenas (desesperanza). Así entonces, el individuo o el grupo se siente pasivo e incapaz de cambiar una situación adversa, incluso cuando tiene la capacidad para hacerlo, debido a sus experiencias previas de falta de control sobre los eventos negativos. Con esta realidad suelo enfrentarme casi todos los días en mi consultorio acompañando a mis pacientes y sus vivencias internas y tengo años de luchar contra ella. Veamos si desde ahí, puedo aportar algo a nuestras vivencias y preocupaciones electorales de este momento.

En Costa Rica, muchas personas han vivido reiteradamente la traición histórica o lo que es lo mismo, la experiencia de votar sin percibir que posteriormente haya cambios sustanciales en problemas como el costo de la vida, la desigualdad, la inseguridad o la corrupción. Con el tiempo, el mensaje interno se consolida: “Nada de lo que haga va a cambiar esto”. Y en muchos casos, la consecuencia no es una rabia movilizadora, sino una resignación pasiva.

Pero… hay que considerar el peligro de una ruptura del contrato y el vinculo psicológico que un sistema democrático significa. Toda democracia funciona sobre un “contrato psicológico implícito” o tácito: la ciudadanía participa porque siente que pertenece, que su voz cuenta y que existe cierta coherencia entre lo que se promete y lo que se vive y se supone que el poder delegado facilite la solución a los  problemas socioeconómicos entre otros. Cuando este contrato se debilita por cualquiera de las partes, la participación deja de percibirse como un derecho valioso y comienza a vivirse como un esfuerzo inútil, y el vínculo se erosiona. En Costa Rica, este quiebre se manifiesta en la desafección hacia los partidos políticos, en la percepción de élites desconectadas y en un lenguaje institucional que no logra representar la experiencia cotidiana de amplios sectores sociales.

Lamentablemente, esta “desesperanza aprendida” ha sido exitosamente utilizada y manipulada por algunas figuras hoy en el poder, que, echando mano de la frustración y del dolor ciudadano, la pobreza y la mirada nublada por dicha indefensión, han engañado a muchos para que apoyen sin cuestionamiento alguno sus nefastos intereses. Esto mismo sucede cuando sectas religiosas se ofrecen como solución a personas que han sido abusadas, y estas colocan su fe ciega e incondicional en un “salvador (a)”, dejándonos perplejos ante lo que son capaces de hacer y decir por él (ella), perpetuándose el abuso, en este caso espiritual. Haciendo el paralelismo correspondiente, diríamos que hemos sido testigos, y algunos (as) víctimas, de un abuso político (en cuyos ejemplos no quiero malgastar o desgastar este espacio).

Pero otro sector, no completamente convencido por dicha manipulación, cae en la abstención como forma de “protesta”. Para muchas personas, no votar no equivale a indiferencia, sino a un “rechazo ético”. Es una manera silenciosa de decir: “ninguna de estas opciones me representa”.

Sin embargo, la abstención es “ausencia”, e incrementa aún más la sensación de invisibilidad, refuerza el distanciamiento y la desesperanza que la provoca y por ende, te hace vulnerable a un abuso posterior.

A esto hemos de sumar la fatiga cívica y la saturación emocional que el clima político costarricense actual y de los últimos tres años ha estado marcado por la confrontación, la polarización y la exposición constante a discursos agresivos, violentos y descalificadores, cinismo, mentira, etc. Desde la psicología, este contexto genera lo que yo llamaría “fatiga cívica”: un agotamiento emocional que lleva a muchas personas a proteger su bienestar alejándose del espacio político, similar a la fatiga física o mental pero aplicada al ámbito de la ciudadanía y la política y que nos lleva a escuchar por muchas partes la frase típica: “prefiero cuidar mi paz mental”.

Esta evitación no surge porque la democracia no te importe, sino porque participar se nos ha vuelto emocionalmente costoso.

Lamentablemente es una herencia emocional que se transmite. Porque el abstencionismo también se aprende y el no votar se vuelve norma. En numerosos hogares costarricenses, el no votar se está transmitiendo como narrativa generacional: “siempre ha sido lo mismo”, “aquí nada cambia”. Así, la abstención deja de ser una decisión puntual y corre el peligro de estar convirtiéndose en una “identidad heredada”, especialmente entre los jóvenes que crecen sin experiencias positivas de eficacia política.

¿Cuál es el costo psicológico de la abstención? La pregunta surge de que, aunque parezca paradójico, no participar también tiene efectos internos. La abstención prolongada debilita la autoestima colectiva, refuerza la sensación de irrelevancia social y erosiona el sentido de influencia. Una democracia con altos niveles de abstención no solo pierde legitimidad política (pues los resultados no representan a la totalidad) sino que se pierde “vitalidad psicológica”.

Para reducir el abstencionismo no basta con llamados morales a “cumplir el deber”, hay que reparar el vínculo democrático roto. Eso significa que el abstencionismo en Costa Rica no indica que la población haya dejado de creer en la democracia como valor, más bien revela que, tal vez, has dejado de sentir que la democracia te pertenece.

Escuchar este mensaje psicológico es importante. El abstencionismo no es simple apatía; muchas veces es: una mezcla de dolor cívico, cansancio emocional, desconfianza aprendida y protesta muda.

Mi propuesta es que al tico no hay que convencerlo con sermones. Decirle al tico que vuelva a votar como si fuera una obligación moral suele producir el efecto contrario. El sermón cansa, el reproche aleja y la culpa no moviliza. Si algo ha dejado claro el abstencionismo creciente en Costa Rica es que “no estamos frente a un pueblo indiferente, sino frente a un pueblo cansado”. Tal como hago en psicoterapia, si el desencanto se acumula y la mente se cierra, aún hay algo que hacer: creer que el corazón sigue escuchando… si alguien se atreve a hablarte con honestidad y respeto.

Primero, hay que dejar de regañar. Frases como “si no vota, no se queje” o “después no reclame” no despiertan conciencia; despiertan resistencia. Nadie vuelve a participar desde la vergüenza. Al contrario, ese tono confirma la idea de que la política es un espacio hostil, poco humano y empático.

Tal vez el primer paso no sea pedirle al tico que vote, sino “decirle que entendemos por qué dejó de hacerlo”.

Hay que validar el cansancio democrático. Sí, nos han fallado. Sí, muchas promesas no se cumplieron. Sí, es comprensible que sintamos desconfianza. Decirlo no debilita la democracia; la humaniza. Cuando una persona siente que su malestar es reconocido, baja la defensa. Y cuando baja la defensa, vuelve la posibilidad del vínculo, en este caso consigo mismo y con la democracia participativa.

Votar no es confiar en políticos. Uno de los bloqueos más profundos es creer que votar implica creer ciegamente. No es así. “Votar no es un acto de fe en los políticos; es un acto de respeto por uno mismo”. Votar no significa “me encantan las opciones”. Muchas veces significa algo más sobrio y realista: “no voy a dejar que otros decidan por mí”.

Suelo decirles a mis pacientes que sufren frente a su historia de dolor: “Vos seguís teniendo derecho”, derecho a vivir, a creer, a amar, a confiar, a decidir, y en este caso…a votar.

Hemos de hablar de lo que realmente importa. Al tico no lo conmueven los discursos ideológicos abstractos. Lo que toca el corazón es lo cercano: la Caja, la escuela pública, el barrio, la paz social, el futuro de los hijos y nietos. Cuando la conversación se centra en “qué tipo de país queremos cuidar”, el voto deja de ser un trámite y vuelve a parecerse a un gesto de pertenencia.

Tu silencio también decide y con él se va borrando tu voz propia. Esto no es una profecía, no es una amenaza; es una constatación dolorosa: “cuando no participamos, no desaparece la política, la corrupción, la mentira, la frustración; desaparecemos nosotros, desapareces tú, te vuelves invisible”.

Por otra parte, al tico le puede doler sentirse ingenuo, pero le hace bien sentirse digno. Votar lo hace presente. No es obediencia; es amor propio. Este país no se sostuvo durante décadas por gente perfecta, sino por gente que, aun cansada, decidió no retirarse del todo.

Por último, el voto es poner límites, no ilusión. Tal vez ningún candidato (a) entusiasme. Tal vez ninguna opción convenza del todo. Siempre hay diferencias reales. Votar no siempre es elegir lo ideal. Pero SI es poner un límite a lo que no queremos que AVANCE o que CONTINUE.

He pretendido dejar acá una invitación, no una orden, nadie necesita que le digan “tenés que votar”. Lo que sí puede tocar el corazón es escuchar: “Ojalá no dejemos que decidan sin nosotros.”

Porque si algo sigue vivo en Costa Rica, incluso en medio del desencanto, es esta intuición profunda que todos llevamos: este país todavía vale la pena cuidarlo. Y cuidar también implica, volver a estar presentes. ¡A Votar!

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