Imagen principal del artículo: Docencia en Estados Unidos: tres aprendizajes aplicables al contexto educativo costarricense

Docencia en Estados Unidos: tres aprendizajes aplicables al contexto educativo costarricense

Mucho se habla de la calidad educativa, pero poco de las prácticas concretas que realmente sostienen el aprendizaje en el aula. La discusión pública suele centrarse en resultados, reformas o indicadores, mientras que el trabajo cotidiano del docente, donde se toman decisiones que impactan directamente el desarrollo del estudiantado, permanece en un segundo plano.

Mi experiencia como docente costarricense, formada en educación preescolar y pedagogía Montessori, y actualmente ejerciendo en primer grado dentro de un programa de inmersión dual en una escuela pública de Carolina del Norte, me ha permitido observar de cerca cómo ciertos enfoques pedagógicos, lejos de ser improvisados, se sostienen sobre estructuras claras, criterios cualitativos y acompañamiento constante al estudiante.

Este artículo no pretende idealizar el sistema educativo estadounidense ni establecer comparaciones simplistas. Más bien, busca compartir tres aprendizajes concretos observados en el aula, relacionados con la evaluación, los lineamientos pedagógicos y los bloques de intervención; que podrían enriquecer la discusión educativa en Costa Rica, siempre desde una mirada crítica, contextualizada y propositiva.

La evaluación cualitativa como acompañamiento, no como señalización

Uno de los cambios más significativos que he experimentado en mi práctica docente ha sido la forma en que se concibe y se utiliza la evaluación dentro del aula. En el contexto educativo en el que trabajo actualmente, la evaluación deja de ser un mecanismo de señalización o control para convertirse en un proceso continuo de acompañamiento al aprendizaje.

El uso sistemático de rúbricas cualitativas permite describir con claridad qué se espera del estudiante y, sobre todo, en qué punto de su proceso se encuentra. Más que asignar una calificación numérica, estas herramientas ofrecen un lenguaje común para hablar de progreso, fortalezas y áreas por desarrollar. El foco no está en el error, sino en el siguiente paso.

En la práctica diaria, esto se traduce en retroalimentación constante y específica. El estudiante sabe qué logró, qué necesita mejorar y cómo puede hacerlo. Esta claridad reduce la ansiedad asociada a la evaluación y favorece una mayor implicación en su propio aprendizaje. Desde edades tempranas, los niños aprenden a reconocer sus avances y a entender que aprender es un proceso gradual.

Este enfoque también fortalece la labor docente. Las rúbricas funcionan como una guía para la toma de decisiones pedagógicas, permitiendo ajustar estrategias, planificar apoyos y diseñar intervenciones oportunas. La evaluación deja de ser el final del proceso para convertirse en una herramienta que informa la enseñanza y orienta el acompañamiento individualizado.

Lineamientos claros para sostener coherencia pedagógica

Otro aprendizaje clave de mi experiencia docente en Estados Unidos ha sido comprender el valor de contar con lineamientos claros a nivel estatal que orienten la práctica pedagógica sin anular la autonomía del docente. Lejos de percibirse como una camisa de fuerza, estos marcos funcionan como un punto de referencia común que da coherencia al trabajo educativo.

En Carolina del Norte, los lineamientos establecen qué habilidades se espera que el estudiantado desarrolle en cada etapa, pero dejan espacio para que el docente decida cómo abordarlas según las características de su grupo. Esta combinación de estructura y flexibilidad permite que las decisiones pedagógicas respondan a una visión compartida del aprendizaje.

En la práctica, esto se traduce en mayor continuidad entre grados, planificación colaborativa y claridad en los procesos de evaluación e intervención. El foco se mantiene en el progreso del estudiante, no en la improvisación o en cambios constantes de enfoque.

Bloques de intervención: atender la diversidad sin etiquetar

Uno de los aprendizajes más significativos de mi práctica docente ha sido la implementación sistemática de bloques de intervención dentro de la jornada escolar. Estos espacios no funcionan como consecuencias, ni medidas extraordinarias, sino como una estrategia planificada para responder a la diversidad real del aula.

Los bloques de intervención son periodos específicos destinados a brindar apoyo focalizado según las necesidades académicas del estudiantado. A partir de evaluaciones formativas y observaciones continuas, el docente organiza pequeños grupos con objetivos claros y temporales. La participación no es permanente ni estigmatizante: cambia conforme progresa el aprendizaje.

Esta estructura tiene un impacto positivo no solo en el rendimiento académico, sino también en la autoestima y la disposición hacia el aprendizaje. Al tratarse de un espacio normalizado dentro del horario, los estudiantes lo perciben como una oportunidad de crecimiento y no como un señalamiento.

Las estrategias de evaluación cualitativa, los lineamientos claros y los bloques de intervención favorecen el crecimiento cognitivo del estudiantado y fortalecen su disposición hacia el aprendizaje. Cuando la evaluación se entiende como un impulso y no como una etiqueta, se convierte en una herramienta de desarrollo.

Desde esta perspectiva, resulta útil pensar la evaluación como un ejercicio similar a un análisis FODA: identificar fortalezas para potenciarlas, reconocer debilidades para trabajarlas y visualizar oportunidades de mejora. Una nota deja de ser un punto final y se transforma en un punto de partida.

Para Costa Rica, el reto no está en copiar modelos externos, sino en adaptar enfoques que permitan a la educación avanzar, evolucionar y no estancarse, confiando en el potencial del estudiantado y en la profesionalidad docente.