Hace 30 años descubrí un paraíso. Jóven europeo privilegiado, llegué por un año de intercambio a Costa Rica después de terminar el colegio. Escogí a su tierra para descubrir algo totalmente nuevo y diferente : un idioma que no conocía, una cultura lejana, un continente que nunca había pisado. Pero sobre todo, escogí a la "Suiza centroamericana" por su elección de no tener ejército sino universidades, hospitales y seguro social de primer nivel. Un país con una clase media amplia y un modelo de sociedad que me provocó curiosidad.
Al llegar, después de choques culturales diarios y dolores de cabeza para que me entre el español, fui descubriendo poco a poco al país, su naturaleza preciosa por supuesto pero sobre todo su gente. Y me enamoré.
El país tenía sus problemas por supuesto. Ví drogas, pobreza, corrupción, racismo… pero la sociedad lograba mantenerlos al margen.
Me impresionó descubrir una mentalidad tan abierta y positiva así como una manera de disfrutar del instante. No sólo hablo de fiestas, que no faltaron, sino de una manera de llevar la vida. A través de mi nueva familia, de amigos y múltiples encuentros, descubrí un pueblo abierto al mundo y al otro. Siempre me recibieron cómo un rey y sin pedir nada en retorno. Estaré siempre agradecido por esto.
En aquellos tiempos, los ticos me parecían lograr una receta muy delicada, tal vez la mismísima receta del Pura Vida. Cómo ser orgulloso de su país sin ser nacionalista. Querer superarse sin aplastar al vecino. Compartir sus valores y no imponerlos. Con humildad pero inteligencia tener una voz respetada a nivel mundial. Ambición de ser los mejores profesionales y no los más pagados. Abrirse al extranjero pero nunca dejar a Costa Rica. Inspirarse del mejor a nivel internacional sin perder su propia identidad. Una identidad fuerte traducida en un proyecto claro: Costa Rica es paz. Una paz que respiré en todo. En la naturaleza o la manera de desarrollar el país, en la economía, la educación o la cultura. Hasta en la calle : nunca sentí inseguridad o peligro real.
Me impresionó ver que todos los ticos se sentían parte de este proyecto y estaban apasionados por la política. De Santa Ana a Hatillo 8, de Montezuma a Puerto Viejo, de Liberia a Golfito. Elecciones eran sinónimos de fiestas. Los debates apasionados pero respetuosos. Banderas convivían entre vecinos de opiniones diferentes. Se enfrentaban ideas para participar en un proyecto común. Ideas, no gente.
No pierdan su identidad. No importen recetas extranjeras que nunca dieron resultados positivos cuando tienen su propia receta mágica que los convirtieron en el pueblo más feliz del mundo. No se dejen dividir. No pierdan su “Pura Vida”. Involúcrense en un proyecto positivo. Salgan a votar.
