El chavismo venezolano no surgió de la nada: fue una respuesta directa a décadas de indiferencia de las élites políticas frente a las necesidades básicas de la población. Venezuela, siendo uno de los países más ricos de la región, era también uno de los más desiguales. Hugo Chávez no llegó inicialmente como un enemigo del poder económico; por el contrario, desde el inicio se alineó con ciertas élites. La retórica de la “desprivatización” y la confrontación abierta llegarían años después.

Costa Rica lleva décadas convirtiéndose en un caldo de cultivo para visiones cada vez más radicales. Los ricos se hacen más ricos, los pobres más pobres, y la clase media, cada vez más reducida desde ambos extremos, se acerca peligrosamente a la desaparición, o al menos a la pérdida de lo que históricamente significó la clase media tica, pareciéndose hoy cada vez más al promedio de la clase media latinoamericana.

Si bien Costa Rica no es rica en petróleo ni en los minerales que convierten a Venezuela en “El Dorado” de muchas potencias políticas y económicas, el país se ha transformado en una especie de “Costa Verde”, un destino turístico que el mundo entero incluye en su lista de lugares por visitar antes de morir. Pero ¿qué sienten los pescadores cuando ven el yate de uno de los hombres más ricos del mundo anclar en el Golfo de Papagayo? ¿Qué hacen las madres solteras en Jacó cuando observan helicópteros entrar y salir durante los torneos de pesca de millonarios estadounidenses?

Probablemente ni siquiera logran dimensionar la cantidad de dinero que se mueve frente a sus ojos. ¿Y qué genera esto? Realidades paralelas.

En ese contexto, cuando una figura con exposición semanal en televisión y radio les habla con su mismo acento, usando el mismo vocabulario cotidiano, diciéndoles que los culpables son “la oposición” y “los ricos de siempre”, escuchan. Y más importante aún, se sienten escuchados. Personas marginadas de todos los sectores de la sociedad finalmente se sienten vistas. Entonces deja de importar si se escuchan más balazos de fondo, porque el enemigo ya no está en el barrio ni es quien trafica droga de arriba abajo a lo largo y ancho del país. El enemigo pasa a estar en la capital, en las cortes y en las curules de la Asamblea Legislativa. El enemigo es incluso el vecino que tuvo la suerte de aprender inglés años atrás y logró asegurarse un trabajo como guía turístico, camarero o empleado de una zona franca en el Área Metropolitana.

Eso mismo ocurría en Venezuela hace 30 años, cuando ingenieros petroleros pasaban en vehículos de lujo último modelo frente a vendedores ambulantes en las calles de Caracas.

Cualquier régimen autoritario, sea de derecha o de izquierda, termina mal. Aunque la historia demuestra que en América Latina a los regímenes de izquierda les ha ido peor dentro del llamado patio trasero de Estados Unidos. No hay que olvidar que tanto Franco como Pinochet se sentaban con el presidente estadounidense de turno en la Casa Blanca. Hoy incluso vemos a un Trump aún más pragmático, dispuesto a negociar con regímenes de izquierda. El problema central no es ideológico, sino estructural. Son regímenes autoritarios que llegaron al poder por vías democráticas y que, hasta hoy, se escudan en esa legitimidad electoral para perpetuarse.

Puede que Costa Rica no sea el escenario de una maniobra de la CIA digna de una película de Hollywood, pero tampoco está tan lejos de sus vecinos latinoamericanos, donde grupos de personas se aferran al poder fabricando enemigos inexistentes, autodenominándose democráticos y, no mucho tiempo después, reformando constituciones con el poder que un irreal “40 diputados”, vendido como simple eslogan de campaña, puede llegar a concentrar.

La oposición costarricense, al igual que la oposición venezolana en su momento, está hoy más dividida que nunca, sentando las bases para una victoria fácil y rápida del adversario. El clásico y peligroso “divide y vencerás”. Paradójicamente, esta podría ser una de las elecciones presidenciales con los candidatos mejor preparados que se han visto en años, figuras verdaderamente presidenciales, pero mezquinas a la hora de ceder protagonismo y poder entre sí para frenar una amenaza mayor.

Por eso, los costarricenses no podemos esperar, una vez más, como ocurre cada cuatro años, a que la oposición se organice. Nos corresponde ejercer un voto utilitarista, un voto en contra, con la esperanza de que el costo de ese utilitarismo no termine pasándonos una factura demasiado cara de pagar.

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