Me parece curioso cómo, en las últimas semanas, ha vuelto a surgir nuestra costumbre de dejar todo para el final. Esta vez, se trata de un tema que se ha tratado de colar como parte de la conversación cotidiana: la política. Se siente cuando estamos esperando el bus, en el hospital o en la pulpería: la gente habla de encuestas, de “creo que va ganando tal”, y si “todavía se puede hacer algo”.

La preocupación aumentó debido a la alta posibilidad, según encuestas, de que el oficialismo gane las próximas elecciones. En medio de esto, un hecho se volvió viral: Laura Fernández anunció que solo asistirá a cuatro debates antes del día de las elecciones y rechazó otros espacios en televisión y radio.

La discusión se limita si pensamos que la democracia empieza en el set de televisión. La pregunta importante no es solo “si debería ir”, sino qué mecanismos se activan cuando una campaña elige dónde jugar, y qué estamos dejando para “después” como ciudadanos.

La conversación pública se abrió rápidamente desde un punto de vista moral (“debería ir”), pero también desde otro lado menos cómodo: qué gana o evita una campaña con una decisión como esta. Recordemos que a los ticos nos cuesta hablar de política; a veces lo mantenemos casi en secreto, incluso para expresar qué partido preferimos o con qué ideologías simpatizamos. Un pais en el que “estar” en politica es mal visto.

Lo curioso es que seguimos repitiendo tres conceptos como si fueran evidentes:

  • que los debates son “entrevistas de trabajo”;
  • que podemos lograr cambios reales sin involucrarnos en la política (basta con ver perfiles en redes llamando a “unirnos de alguna forma”);
  • que nuestra única tarea en un país democrático con un sistema de partidos es ir a votar; sobre todo, motivados por el miedo.

Empecemos por lo básico: los debates son importantes. Ofrecen contraste y son un espacio donde el candidato no puede editarse a sí mismo ni su historia, porque hay reglas claras de participación. Pero la metáfora de la “entrevista” tiene un fallo: nos hace pensar que la prueba clave ocurre al final, frente a las cámaras, como si la candidatura apareciera de la nada y el país (los votantes) fueran Recursos Humanos.

La verdadera entrevista, la que realmente importa, sucede antes. O debería suceder.

Sucede cuando los partidos eligen candidaturas en campañas internas, recorridos territoriales y asambleas. Sucede cuando los miembros exigen y comparan. Ahí se muestra la capacidad, el equipo y el carácter. Ahí se nota la improvisación, se ve si hay un plan sólido o solo una fachada.

Por eso es significativo lo que hemos visto en redes: cuentas que nunca habían hablado de política “descubren” de repente la indignación. El guion se repite: “Yo nunca hablo de política, pero esto me preocupa… hay que hacer algo. Organicémonos. Vayamos a votar en contra de…” y luego surge la queja por el algoritmo y la interacción. Cuando la política se mezcla con la lógica de la relevancia, se convierte en contenido: algo que se publica, se mide y se deja de lado cuando pierde interés.

No digo esto para ridiculizar a nadie o con un tono de censura. Lo menciono porque este fenómeno cultural muestra una forma de entender la democracia: como una ola, como una tendencia, como un impulso emocional de último minuto.

Y aquí está el punto que casi nadie dice en voz alta: la forma de organizarnos ya existe. Se llama participación partidaria. Es lenta, a veces ingrata, sin glamour y sin recompensas inmediatas. Pero es ahí donde se decide quién llega a la boleta y con qué preparación. Si no queremos candidatos sin filtro, o campañas que traten de ocultar a sus figuras para minimizar riesgos, la discusión no debe comenzar un mes antes, sino mucho antes, cuando las elecciones internas y la vida partidaria hacen visibles los liderazgos.

Desde la perspectiva de la comunicación política, sobre la decisión de Fernández, mi interpretación no es “miedo”. Es cálculo:

  • Intención: si estás por delante en las encuestas, tu objetivo no siempre es sumar, muchas veces es evitar cometer un error que te haga caer.
  • Mecanismo: el debate es un espacio donde otros dominan. Te imponen los temas, limitan tu tiempo y te obligan a reaccionar. Y, cuando termina, empieza el verdadero partido: el de los recortes, los videos cortos, los “momentos” que se vuelven memes. Una frase puede durar más que una propuesta.
  • Efecto buscado: reducir la exposición al azar. Evitar que haya una línea que se convierta en titular en tu contra.

En este contexto, hay un matiz que se siente: esta decisión también es un reflejo del oficialismo actual, la idea de que están por encima. Como si debatir en ciertos espacios fuera “perder el tiempo”, “rebajarse” o dar aire a “los de siempre”.

Por eso, el riesgo es medido: una frase mal dicha se convierte en clip, se corta, se repite y se viraliza por el otro lado; un buen desempeño rara vez tiene el mismo impacto. A veces, la estrategia no es brillar, sino no generar eventos. No dar material. Controlar mi narrativa.

Debate es igual a tiempos del moderador, temas impuestos, posibilidad de emboscadas y una edición posterior que decide “qué pasó realmente”. No debatir favorece los formatos donde el equipo de campaña controla el relato, la duración y el “tema del día”.

También está el factor de la legitimidad: un debate crea una igualdad artificial (“misma cámara, mismo tiempo”). La ausencia puede interpretarse como no querer elevar a los adversarios ni regalarles minutos donde puedan compararse contigo. Y si asistes a ciertos debates seleccionados, mantienes el argumento de rendición de cuentas, pero con un riesgo más controlado.

Todo esto, por supuesto, tiene un costo. Si uno no lo reconoce, el análisis se convierte en propaganda, ya sea a favor o en contra.

El costo es claro: percepción de falta de transparencia, interpretación de arrogancia, ataques mediáticos y una oportunidad perdida para persuadir a los indecisos en una audiencia amplia. La pregunta real no es si ese costo existe; la pregunta es si el equipo de campaña cree que, al final, les beneficia. Y la pregunta clave es: ¿por qué creen eso?

Pero hay otro aspecto que debería preocuparnos casi tanto como la táctica de una campaña: la forma en que entendemos la participación. Porque el 1 de febrero no solo elegimos al presidente. También elegimos a la Asamblea Legislativa. Y en Costa Rica, en la práctica, no elegimos “diputados uno por uno” como si fueran figuras sueltas: votamos por boletas partidarias de provincia, y eso define las bancadas, el poder de negociación y el rumbo legislativo.

Reducir todo a una sola figura o a un “voto en contra” simplifica la política hasta convertirla en un gesto. Un gesto que se agota en un día.

Una democracia que solo se activa cuando el tema se vuelve viral es una democracia frágil: fácil de manipular con miedo, fácil de manejar con cálculo y demasiado cómoda para quienes saben que el país reacciona tarde.

Si realmente queremos un liderazgo de mejor calidad, candidatos mejor preparados, campañas más transparentes y decisiones más deliberativas, el camino no comienza en enero. Comienza mucho antes: cuando participamos donde realmente se decide, cuando exigimos filtros internos, cuando cuestionamos a quienes quieren representarnos, cuando nos organizamos más allá del “tema del momento”.

Los debates son importantes. Sí. Pero participar antes es aún más relevante.

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