Costa Rica se prepara para votar, pero llega a las urnas convertida en un país distinto al que imaginamos en nuestros relatos más queridos de los últimos treinta años. La democracia sigue en pie, pero el desgaste es visible: desconfianza creciente, polarización, cansancio social y un pesimismo en el futuro, que se ha vuelto parte del aire que respiramos. Votar ya no es la fiesta cívica de antaño; para muchos es apenas un trámite, una obligación sombría, un intento de elegir “lo menos peor” en medio de la incertidumbre.
Los recientes estudios de opinión muestran un electorado profundamente escéptico y apático. La confianza en los partidos es mínima; la credibilidad en la Asamblea Legislativa, frágil; y la percepción sobre el rumbo del país, mayoritariamente negativa. La abstención crece con cada ciclo electoral, y el entusiasmo por la política se diluye frente a la sensación de que nada cambia realmente. Es un país que observa, que duda, que cuestiona, que se guarda.
Esta radiografía no surge de la nada. Décadas de estancamiento económico, desigualdad persistente, territorios abandonados, violencia que avanza sin control y un sistema político que muchas veces responde tarde y mal, han deteriorado la relación entre ciudadanía e instituciones. La gente siente que la democracia funciona para algunos, no para todos. Que las promesas se repiten, pero las soluciones no llegan. Que la política habla un idioma que el país ya no reconoce.
A esto se suma el ruido digital, la desinformación y la lógica del escándalo inmediato que han distorsionado el debate público. Las discusiones importantes se pierden en el océano de viralidad, y las prioridades nacionales quedan relegadas ante el post del día. Es un ecosistema donde la política se vuelve ruido y la ciudadanía se vuelve espectadora.
Sin embargo, esta es solo una cara de la historia. La otra es la de un país que, pese al desencanto, sigue creyendo en la democracia lo suficiente como para exigirle que sea mejor.
Hay un malestar que no es apatía: es un llamado a la acción. Hay un silencio que no es indiferencia: es una espera en nuevas propuestas políticas. Hay un voto flotante que no es desinterés: es una demanda de renovación política con arraigo en las juventudes y diversidades. Costa Rica sigue siendo una nación con un profundo instinto democrático; simplemente está pidiendo autenticidad, coherencia y liderazgo real.
Frente a las urnas, lo que está en juego no es solo un resultado electoral, sino el rumbo del país. Votar implica preguntarse quiénes somos después de tanta incertidumbre, qué queremos recuperar y qué estamos dispuestos a cambiar. Las elecciones pueden ser un punto de quiebre: un recordatorio de que la democracia también se reconstruye desde la duda y desde la incomodidad.
A esta próxima elección, Costa Rica llega herida, pero no vencida. Llega desconfiada, pero no indiferente. Llega cansada, pero no dispuesta a renunciar. Y sobre todo, no se queda en la sombra de la abstención, ¡llega a las urnas!
La pregunta no es si estamos preparados para votar; la pregunta es si estamos preparados para creer, para exigir, para participar y para asumir el país que seremos después del 1 de febrero. Esa es la Costa Rica que va a las urnas: la que a pesar de todo, no se queda en casa y no deja que otros decidan; la que está dispuesta a hacerse escuchar y a participar. La que no quiere ser parte de los que no cuentan, porque no llegaron a votar.
Seamos la Costa Rica que dé la vuelta al mundo por haber revertido los números de la abstención. El futuro no está escrito, pero sí está en manos de quienes deciden escribirlo. ¡Escribámoslo y hagamos que cuente!
