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Cuidado con las palabras: comentario sobre el compromiso lingüístico

Aunque afirmaciones del tipo «los hablantes son dueños de la lengua» han servido de consigna para el necesario distanciamiento del prescriptivismo lingüístico, socialmente se nos sigue pensando a las personas de letras como los actores que llegamos a supervisar y retocar los textos en su etapa final —la revisión filológica continúa siendo la salida laboral más evidente y, hasta donde pueda decirse, menos acaparada por la élite académica. En los casos más frívolos, corregimos de forma mecánica según la norma y damos el visto bueno a las palabras correctas; en los casos más sustanciales se nos busca, a sabiendas o no, para que hagamos una labor de reescritura, que implica un rediseño estructural del manuscrito según su propósito.

Entonces, bien que mal es cierto: la disciplina nos faculta para volver inteligibles los textos. Pero con frecuencia entendemos lo legible y lo claro en términos francamente básicos. Damos por terminada nuestra labor cuando el texto que nos confiaron cumple con los requisitos de ortografía y coherencia elementales y, luego, nos desentendemos del resto de textos y discursos que circulan a nuestro alrededor, a menos, claro, de que nos pregunten «¿cómo cito esto en APA?».

Quienes hayan trabajado en el mundo editorial saben que la corrección de estilo de textos creativos procura no alterar ni el contenido ni el sello del autor, pero no hay por qué trasladar esta neutralidad a las demás esferas, en donde este distanciamiento no es ya respeto protocolar, sino tibieza. El trabajo debe quedarse en el trabajo, pero la vocación no tiene por qué.

El adicto mundo de hoy —dependiente más que nunca de la inmediatez de la imagen, las frases hechas y los reduccionismos binarios— requiere de una desintoxicación que solo puede articularse por medio del pensamiento crítico, codificado en un lenguaje consciente. El análisis discursivo es parte íntegra de esta necesaria terapia y a nosotros los profesionales en la lengua nos corresponde guiarla. Primer paso: no ser indiferentes ante el peso de las palabras; más bien, educar al respecto.

Lo más probable es que al menos una vez se nos tomara por diccionarios andantes y, si no supimos la definición exacta de un término, nos hayan contestado, entre sarcasmo y desafío: «¡pensé que era filólogo!». Esto no es lo que hacemos, pero la precisión del lenguaje en un sentido más amplio, en el que no se minimiza su capacidad performativa, sí que nos compete. Las palabras activan cadenas de significantes infinitas. ¿Qué palabras se emplean bajo nuestra supervisión, con qué palabras nos hablan y hablamos, qué palabras articulan nuestras denuncias?

El pasado noviembre los estudiantes de la Escuela de Artes Musicales de la Universidad de Costa Rica se opusieron valientemente a recibir una charla de un representante oficial del Estado de Israel; su denuncia fue urgente y efectiva y sus argumentos irrefutables. Sin embargo, me enteré de primera mano que no todos allí estuvieron de acuerdo con el resultado. Hubo incomodidad respecto a un grafiti en particular: «EAM genocida».

Reitero mi apoyo al acto de las personas estudiantes y aun así no puedo evitar ver lo terrible detrás de esta afirmación, pues la palabra «genocidio», aunque sea algo que ya nos habituamos a escuchar a diario, no debe usarse a la ligera. Siempre que se emplee debería señalar únicamente a quienes, desalmados, están perpetrando este crimen. Es un desfavor para la propia causa palestina utilizarla para designar otros actos que, aunque condenables, no son genocidio, pues contribuye a que cada vez se le extraiga más el peso a la palabra y, poco a poco, los argumentos sólidos pierdan validez. Lo mismo ocurre con tantos otros vocablos que designan realidades desgarradoras y necesitamos que sigan haciéndolo.

No podemos permitirnos concesiones a los discursos ambiguos: en la actualidad, el Poder se escuda tras el lenguaje aparentemente descuidado. Las palabras se despojan de su significado bajo la falacia de que así serán más digeribles para el gran público infantilizado y, ya tergiversadas, se viralizan. Un presidente con tintes dictatoriales llama «comunista dictador» a un demócrata de izquierda y se le perdona solo porque jura que él es “amante de la democracia”.

Formular nuestra resistencia con la misma irresponsabilidad de agentes opresores como estos es ser, lo queramos o no, cómplices del adormecimiento. Como personas de letras apostemos por una interpretación semiológica constante y ayudemos a que las palabras que se emplean sean exactas y transparentes. La precisión previene tropiezos. Que antes de ser un ejercicio de retoque, el oficio filológico sirva para potenciar la voz de quienes ya han tenido el valor de alzarla.