Crecí en el País Vasco durante los años más duros del terrorismo, en un contexto donde expresar una opinión podía tener consecuencias y donde el silencio era, muchas veces, una forma de autoprotección. La polarización estaba presente en la vida cotidiana: en las casas, en las escuelas y en las relaciones personales. Había temas que se evitaban, amistades que se deterioraban por una frase mal interpretada y familias que preferían no hablar de temas políticos para no profundizar divisiones. Más que el miedo físico —que sin duda existía para muchos— lo que marcaba era el impacto emocional: la desconfianza en una sociedad dividida y la sensación de que las conversaciones entre los que pensábamos diferente podrían derivar en conflicto.
Con los años entendí que la polarización no destruye primero a las instituciones; destruye a las personas y los vínculos que sostienen la vida en comunidad. Ese deterioro inicial es silencioso, casi imperceptible, y precisamente por eso resulta tan peligroso. Una sociedad no se rompe de un día para otro: se erosiona poco a poco, a veces sin que nos demos cuenta. Cuando miro para atrás, siempre pienso el daño que le hizo a la sociedad vasca esos años de tanta división, y me pregunto, ¿Cómo pudimos llegar tan lejos?
Esa experiencia me ha hecho especialmente sensible a ciertas señales que hoy observo en Costa Rica. Durante décadas, este país ha sido referencia regional en estabilidad democrática, convivencia pacífica, e instituciones sólidas y confiables. Sin embargo, la crispación ha crecido es lo que llevamos de siglo, y en particular en los últimos años: el debate público se ha vuelto más agresivo, la desconfianza hacia las instituciones se ha intensificado y la conversación política —especialmente en redes sociales— se ha transformado en un terreno fértil para la descalificación y el etiquetado rápido.
Por supuesto, Costa Rica está lejos de los extremos que vivimos en Euskadi. Pero la historia demuestra que la polarización no comienza con violencia visible, sino con hábitos de pensamiento que se normalizan: concebir al adversario como una amenaza, atribuir intenciones oscuras a quien piensa distinto o reducir la política a un pulso permanente en el que el objetivo deja de ser deliberar para convertirse en vencer.
Estos patrones ya empiezan a sentirse aquí. No es casual que cada vez más personas digan evitar conversaciones políticas para “no pelear”; que familias y amistades se tensionen por diferencias expresadas en redes sociales; o que ciertos debates se vuelvan imposibles porque, antes de hablar, cada quien ya ha sido colocado en un bando. Son síntomas tempranos, sí, pero lo suficientemente claros como para tomarlos en serio.
Costa Rica ha construido su fortaleza democrática sobre un conjunto de activos que no deben darse por sentados: instituciones que gozan de legitimidad, una prensa que ejerce controles necesarios, un servicio civil profesionalizado y una sociedad civil plural. Pero todos estos pilares pueden debilitarse si se naturaliza la lógica del enfrentamiento. Cuando el tono reemplaza a los argumentos, cuando la identidad pesa más que la evidencia, cuando el “conmigo o contra mí” desplaza al diálogo, cualquier democracia -por estable que haya sido- empieza a caminar sobre terreno muy frágil.
La experiencia vasca me dejó una convicción profunda: el mejor antídoto contra la polarización es una sociedad civil viva, capaz de generar espacios de encuentro donde la política no llega. Organizaciones que fomentan el diálogo, iniciativas que cruzan fronteras ideológicas y proyectos que reúnen a sectores distintos, actúan como amortiguadores democráticos. No resuelven todos los problemas, pero sostienen algo mucho más valioso: la posibilidad de seguir hablando y trabajando juntos cuando la política formal se tensa.
En Costa Rica, ese tejido social existe y es un gran activo. Pero requiere cuidado. Requiere reforzar la educación cívica, promover medios que informen con rigor, apoyar instituciones que mantengan controles sanos y valorar organizaciones que trabajan para tender puentes. La convivencia no se mantiene por inercia: es una práctica que exige disciplina y un compromiso cotidiano.
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