El debate de Repretel dejó algo muy claro: hay candidatos que, cuando se les hace una pregunta concreta, simplemente no la contestan. En lugar de responder, evaden, rellenan el tiempo con discurso publicitario y repiten consignas que ya traen memorizadas. No es casualidad, es maña política.
Esa forma de actuar quedó especialmente expuesta cuando doña Natalia le hace una pregunta directa a doña Laura. Anticipándose a lo que ya es costumbre, Natalia tuvo que pedirle expresamente que contestara lo que se le estaba preguntando y que no usara el espacio para volver al tema de que “se necesitan 40 diputados”. Que eso tenga que aclararse en pleno debate dice mucho.
Evitar la pregunta no es un simple detalle de estilo. Es una señal de cómo se concibe el poder. Quien no responde en un debate difícilmente rendirá cuentas cuando gobierne. Quien convierte cada respuesta en propaganda demuestra poco respeto por el electorado y por el ejercicio democrático.
Esta práctica no es nueva en América Latina. Ha sido parte del manual de proyectos políticos de corte chavista, donde el discurso sustituye a las respuestas, la narrativa reemplaza a los hechos y la rendición de cuentas se vuelve opcional. Primero se evade, luego se desacredita la crítica y, al final, se debilitan las instituciones.
Costa Rica puede y debe exigir más. El país necesita soluciones reales, no slogans reciclados. Necesita líderes que respondan, no que esquiven. Porque cuando un candidato no puede contestar una pregunta clara en un debate, el problema no es el formato: es la falta de voluntad de dar explicaciones.
