El 1 de febrero del 2026 Costa Rica no solo se elegirá a un nuevo presidente: se decidirá el rumbo de nuestra democracia y el futuro de nuestras instituciones. En medio de un proceso electoral marcado por el populismo, la continuidad y la transformación, debemos cuestionarnos si entendemos lo que significa el acto de votar más allá de elegir un nombre en una papeleta.
Todo aspecto en la vida del ser humano está atravesado por la política, esta regula la cotidianidad de las poblaciones. Nuestro país atraviesa crisis económicas, políticas y sociales, las cuales se evidencian en la vida diaria de cada persona que habita en el territorio nacional. En tiempos de incertidumbre es común que el desánimo y la confusión prevalezcan, y que, a su vez, surjan voces que apelan a la emoción más que a la razón.
La política no es un espectáculo, a pesar de que este se presente como tal, no debe reducirse a frases ingeniosas, a gestos teatrales ni a campañas que buscan entretener más que a dar explicaciones.
Convertir la política en espectáculo implica la repetición de frases memorables y fáciles de entender. Así se construyen personajes que apelan a la simpatía del pueblo, de esta forma se tergiversa la información y se manipula la opinión pública, con el objetivo de distraer a la población, y hacerle creer que tiene el control, esto evita que se exponga con transparencia las problemáticas y decisiones que afectan directamente al país.
El espectáculo político funciona como un teatro, los candidatos se convierten en actores principales, los debates en espacios que permiten la presentación de guiones, y las campañas, en escenarios diseñados para provocar emociones. Se exagera el miedo, se vende la esperanza como un privilegio, y se utilizan frases y símbolos, con los que el pueblo se identifica, como si fueran parte de su identidad individual y colectiva.
El pueblo, sin darse cuenta, deja de ser protagonista y se convierte en un espectador. Los votos se transforman en aplausos para quien mejor domine el discurso y la opinión pública, de esta manera, el espectáculo político manipula y convierte al votante en público pasivo que se acciona en beneficio de la figura pública dominante, en lugar de ser un actor que cuestione y argumente con conocimiento y pensamiento crítico.
En tiempos de crisis, la incertidumbre económica y social abre espacio para que las narrativas populares calen con mayor facilidad en la población, estos discursos se basan en la emoción, y de esta forma brindan respuestas rápidas y cercanas.
En este contexto, los candidatos que prefieren construir una imagen atractiva, en ocasiones, ya conocida por la ciudadanía, de esta forma, logran obtener el apoyo y la defensa del pueblo, no por los resultados o méritos alcanzados, sino por la ilusión que venden.
La ciudadanía no puede limitarse a ser un espectador, o bien un actor con un guión establecido, votar no debe simplificarse al hecho de marcar un nombre en una papeleta, implica razonar, cuestionar, argumentar y dialogar antes de decidir.
El voto no es un aplauso, es poder, y debe ejercerse con conciencia. El poder que no se cuestiona termina dominando y destruyendo la vida de presentes y futuras generaciones.
Costa Rica enfrenta una papeleta variada en nombres e ideologías, a pesar de ello, resuena en las calles “no hay por quién votar”. Es un eco que no revela ausencia de opciones, sino de cultura cívica. El pueblo debe aprender a elegir con conciencia y no con desánimo.
Las emociones no deben de guiar nuestro accionar, que no dicten el rumbo del país, el pensamiento crítico y la razón deben de ser una base sólida para que los argumentos puedan ser cuestionados por medio del diálogo. El verdadero peligro no está en las promesas vacías de las candidaturas, sino en creerlas sin analizarlas.
Que no nos engañen las frases que nos hacen sentir identificados con el presente o el pasado. Que nuestros oídos no se endulcen al escuchar frases vacías que aspiran a generar futuros idealizados.
La política cuando se convierte en espectáculo se disfraza de frases que apelan al alma, pero que en realidad son premeditadas, para esconder entre sus letras las verdaderas intenciones de ambición y deseo de poder de un sector en específico, que promete bienestar y termina en sacrificio.
Que el voto en estas elecciones 2026 no sea un aplauso, sino un acto de conciencia capaz de transformar al país.
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