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Cuando el ego salió de la campaña electoral

Convencer y buscar votos en la campaña electoral a través de nuevos formatos no es una tarea sencilla cuando se enfrenta a una ciudadanía harta del tema político. Se trata de una relación marcada por el desgaste, aunque también por una dependencia inevitable, ya que las decisiones políticas inciden directamente en el futuro de cada habitante, independientemente de cuán involucrado esté.

El Programa del Estado de la Nación[1], para el 2023 el informe indicó que en Costa Rica, durante las últimas décadas, se ha profundizado una tensión estructural: pese a la expansión de la inversión social y al fortalecimiento histórico del Estado de bienestar, se ha observado una creciente desconexión entre el crecimiento económico y el bienestar de la población, acompañada por el aumento de las desigualdades, mayores niveles de vulnerabilidad social y limitaciones persistentes en el financiamiento, la gestión y la capacidad estatal para responder a las principales demandas ciudadanas.

El hartazgo del electorado es entonces comprensible. En Costa Rica, los problemas y las necesidades estructurales no solo se mantuvieron en el tiempo, sino que se acumularon en diagnósticos, investigaciones y estudios en una proporción superior a la capacidad real de los gobiernos para implementar, o al menos mitigar con soluciones.

El debate de campaña, por su propia lógica, empuja a las candidaturas a competir por protagonismo. En ese esfuerzo por destacar, se refuerza el énfasis en la figura personal y en la identidad partidaria, lo que termina imponiendo una narrativa egocéntrica. Así se instala la idea de que cada elección supone un punto nuevo de partida, dejando de lado lo ya construido. Este “borrón y cuenta nueva” proyecta la expectativa de un gobernante capaz de revertir, en poco tiempo, todo lo negativo acumulado.

En el electorado, esa híper-fijación en lo negativo sostiene en el tiempo recuerdos de casos mediatizados y fallos de gobiernos anteriores, pasando por alto aspectos puntuales y positivos que hicieron posible la versión actual del país. Esto da lugar a teorías que derivan en chismes y, en una época en la que incluso la verdad debe justificarse, esos chismes favorecen afirmaciones normalizadas, pero no verificadas.

Si hay algo que criticar severamente de quienes ya estuvieron en alguno de los poderes del Estado es la incapacidad de ver más allá de sus egos. Esto impidió corregir y mejorar el aparato estatal; es decir, quienes estando en el poder pudieron cambiar, mejorar, reglamentar, legislar, o ejecutar, pero no lo hicieron. En lugar de construir consensos, cerraron el diálogo, la alternancia en el ejercicio del poder, optaron por métodos de imposición unilateral, sin buscar balances.

Ciertamente el electorado tiene todas las razones para estar harto de lo negativo, sin embargo, es un camino equivocado promover "no pasar la página” y utilizar ese hartazgo como combustible para desarticular el aparato estatal y comprometer su funcionamiento básico. Cuando el Estado no funciona, se mejora; no se destruye. Parece básico, pero es necesario resaltarlo.

Es en este escenario donde algunos medios de comunicación asumieron el reto de cautivar audiencias innovando con formatos distintos al debate tradicional, permitiendo a las candidaturas exponer sus propuestas en entornos que reducen la defensa de egos partidistas y estimulan el diálogo y la construcción de consensos; razón por la cual estos formatos se percibieron como “refrescantes”.

Se observaron facetas de las candidaturas que la audiencia no suele ver: su desenvolvimiento contra el tiempo, el trabajo en equipo, el diálogo, la resolución de conflictos, la reacción ante imprevistos y su respuesta emocional frente a entornos nuevos, todo ello mientras debía convencer a su audiencia meta de su mensaje de campaña.

Estos formatos innovadores ayudaron a atenuar los discursos alarmistas, incendiarios y de aspiraciones ego-partidarias, abriendo una alternativa frente al tono reaccionario y visceral amplificado por los algoritmos de las redes sociales. ¿Qué tal si, indistintamente de los resultados de la elección, también se saca el ego de los próximos cuatro años? El desafío es sostener el diálogo en el gobierno, la Asamblea Legislativa, la ciudadanía, los medios y las plataformas digitales.

La meta es abrir paso a una construcción consensuada y colaborativa de agendas que resuelva los problemas que se han sostenido en el tiempo, para avanzar hacia un país donde las futuras generaciones puedan crecer sobre las decisiones del pasado y donde exista margen para enmendar y corregir los errores que, sin duda, existirán. Ya no se puede postergar más. Costa Rica lo necesita. Porque Costa Rica lo vale: ¡hay que salir a votar!

[1] Sinopsis, pág. 35. “Sin embargo, las últimas tres décadas han visto agravarse una situación contradictoria: un país que apostó por la ampliación de la inversión social, basado en articulación de crecimiento económico y el fortalecimiento del Estado de bienestar social, experimenta desde inicios de siglo una constante ampliación de las desigualdades y una mayor vulnerabilidad de su población. Hay, pues, una creciente desconexión entre el crecimiento económico y el bienestar. Hoy, el Estado de bienestar enfrenta importantes problemas en su financiamiento, calidad de gestión y una baja en la confianza  ciudadana en su capacidad para atender las principales demandas de la población.”