Dicen que todo tiempo pasado fue mejor. También, dicen, que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Pareciera entonces, que conforme envejecemos añoramos otras épocas porque las vivimos y aprendimos de ellas.
Yo no creo que todo lo viejo sea mejor. Sería aceptar que todas las luchas que hemos librado, por nuestras libertades y oportunidades, han sido en vano. Pero sí hay mucho que añoro. Añoro una juventud feliz, en la que vivíamos en una Costa Rica más sencilla. Nuestra vida transcurría entre tardes de domingo echados bajo el palo de mango de la casa y los añorados días libres bajo los almendros en la playa. Nos saludábamos de “Upe”, como buenos vecinos, y cada cuatro años salíamos de fiesta. De fiesta nacional. En mi barrio, los chiquillos pasábamos coleccionando camisetas y banderas de todos los partidos. Con las banderas en las bicis, salíamos en las tardes, en un solo jolgorio. Al día siguiente de las elecciones, éramos otra vez vecinos. Durante meses, las banderas seguían ondeando en las casas, y a veces se convertían en hamacas o cobijas, sin importar el color.
No ignoro, como dije, las luchas que nos llevaron a esa democracia tan linda, sobre todo las luchas por las garantías sociales que en muchos países aún se libran. Y las comprendo, ahora que soy vieja, porque de chiquilla me limité a disfrutar los frutos de esas luchas, que ahora tanto damos por sentados.
Dicen, además, que todo muerto es bueno. Y ahora cuando veo la democracia de nuestro país pasar por su peor crisis, pienso que, si muere, perderemos lo más bueno que tuvimos. Estos días han sido retadores, añorando momentos de más calma y mayor atino en la política. Y como de viejo uno ha visto más, sé que solo se requieren un par de malas decisiones para dar marcha atrás. El palo de mango se convierte en el carro ultra lujoso producto del narco, el almendro en la playa en un mega desarrollo sin árboles, y los vecinos ya no nos volvemos a hablar.
La democracia de nuestro país está enferma. Sus síntomas son la pobreza, la desigualdad, la apatía y la revancha. Muchos exigen que les quiten “algo” a alguien más, sea lo que sea, aunque eso quiera decir que ellos también tengan menos. Los que más tienen, quieren cada vez más, a cualquier costo para el resto de la sociedad. Los más pobres solo quieren vivir dignamente, y buscan opciones, solo para decepcionarse una y otra vez. Estamos en guerra, todos contra todos. Todos queremos, y pocos damos. La ecuación no da.
Cuando veo y oigo el odio que está causando esta división, añoro la Costa Rica linda, la que se une bajo un solo suspiro durante un partido de la Sele, cuando todos nos damos la mano, abrazamos a cualquier extraño al celebrar y nos vestimos de los colores patrios. Cuando somos hermanos porque nos une la misma causa. Pienso en la Patriótica costarricense, que sigue sacándonos lágrimas y quebrándonos la voz sin importar cuantas veces la coreamos. Pienso en el tico pura vida, el que saca su mejor cara en momentos de crisis.
Y entonces, abrazada a ese sentimiento, evoco la fiesta que vivimos muchos anoche. Unidos en la caravana multipartidista, volví a sentir mi corazón palpitando, pero no de angustia, sino de orgullo. Ayer, salimos con banderas de todos los colores de los partidos, y de Costa Rica. Los carros volvieron a pitar, los niños y los abuelos salieron a mirar, y nosotros, representando todos los colores, nos abrazamos en una sola causa. Ondeamos las banderas sin miedo, en una celebración de la democracia. Fueron los delegados del Tribunal Supremo de Elecciones quienes nos acompañaron, no la Fuerza Pública. Nos unimos como nunca. Mezclamos colores e ideologías porque nos une algo más grande que nuestras creencias individuales. Nos une el amor por el país. Sentí alivio y esperanza por esa Costa Rica en la que todos somos vecinos.
Dicen que nunca se pone más oscuro que cuando va a amanecer. Yo creo firmemente que ese amanecer va a llegar. Y creo en los ticos, en su resiliencia y pensamiento crítico. Si algo ha logrado esta campaña, es revivir un sentimiento patriótico ferozmente orgulloso en miles de costarricenses. Las redes están inundadas de jóvenes llamando a las urnas. La música de Malpaís acompaña cada video, las fotos de la naturaleza de nuestro amado país acompañan los textos, los debates se convierten en diálogos y yo, con esperanza, leo a Jorge De Bravo, que dijo:
“A mí me podrían
Arrancar el recuerdo como un brazo,
Pero no la esperanza que es de hueso
Y cuando me la arranquen dejaré de ser esto
Que te estrecha las manos.”
Creo en esa Costa Rica noble y buena, esa patria con la que soñó De Bravo. Creo en la dulzura de su gente, de gente amable y luchadora. Y aunque añoro el pasado, creo firmemente que el futuro será mejor. Yo también creo en el amor, más que en mis ojos Y más que en el poder y el entusiasmo. Por eso, voy a votar con la convicción de que esta nación buena tomará la decisión correcta. La que añoramos y construimos, jovenes y viejos, bajo la misma somba de un árbol, llamado patria.
