Costa Rica se prepara para decidir su futuro político en menos de dos semanas, cuando elegirá al nuevo presidente de la República para el periodo 2026–2030 y renovará los 57 escaños de la Asamblea Legislativa. A diferencia de los últimos comicios, esta vez la candidata Laura Fernández, del partido Pueblo Soberano, parte como la gran favorita. Las encuestas del CIEP y del IDESPO-UNA le otorgan más del 30% de intención de voto, lo que abre la posibilidad de un triunfo en primera ronda, algo que no ocurre desde 2010, cuando Laura Chinchilla alcanzó la presidencia sin necesidad de segunda vuelta. El resto de los candidatos no ha logrado superar la barrera del 10% en las encuestas. Figuras como Álvaro Ramos, del Partido Liberación Nacional, o Claudia Dobles, de la Agenda Ciudadana, enfrentan además un rechazo elevado que limita sus posibilidades de crecimiento. A esto se suma un fenómeno persistente: cerca del 40% del electorado se mantiene indeciso, una tendencia que se repite desde hace tres elecciones. En muchos casos, estos votantes definen su decisión el mismo día de los comicios o simplemente optan por no participar, lo que alimenta el abstencionismo, que en 2022 alcanzó un histórico 40%.
En las elecciones de 2026 podrán votar un total de 3.731.788 ciudadanos. La composición del padrón refleja un peso importante de los adultos mayores, pero también una presencia decisiva de los jóvenes y adultos medios. La distribución por bloques de edad es la siguiente

Como se observa en la tabla, los grupos de personas entre los 18 y los 45 años lo que podría considerarse el voto de adulto joven representan más del 50% del padrón electoral, lo que convierte a este segmento en decisivo para la elección. Sin embargo, las encuestas y la experiencia de los últimos comicios muestran que no se trata de un voto homogéneo: los electores de 18 a 24 años y de 25 a 34 tienden a atomizarse entre distintas opciones. En contraste, los votantes de 35 a 54 años suelen comportarse de manera más uniforme y, de hecho, en las últimas tres elecciones el candidato que logró imponerse en este grupo terminó ganando la presidencia. Finalmente, el bloque de 55 años en adelante, conocido como el voto tradicional, ha favorecido históricamente a Liberación Nacional o a la Unidad Social Cristiana; no obstante, en esta elección se observan cambios importantes en la composición y comportamiento de los grupos etarios.
En el caso de Laura Fernández, su apoyo proviene principalmente de hombres, votantes de zonas rurales y sectores conservadores. Se proyecta con fuerza en las provincias costeras Guanacaste, Puntarenas y Limón y en el oeste de Alajuela, en cantones como Naranjo, San Ramón, Palmares y Grecia. Su base electoral se concentra en mayores de 35 años, con especial solidez en el grupo de 55 años o más. En contraste, enfrenta mayor rechazo entre los votantes jóvenes de 18 a 34 años. Según las encuestas del CIEP y del IDESPO-UNA, Fernández alcanza entre un 30% y un 32% de intención de voto, mientras que las encuestas de CID Gallup y OPOL la sitúan entre un 40% y un 42%. Para asegurar un triunfo en primera ronda, deberá captar indecisos en el segmento de 35 a 54 años, donde se encuentra el mayor potencial de crecimiento y la llave para superar el umbral del 40%.
Para el resto de los candidatos, la primera condición es que Laura Fernández no supere el umbral del 40% en la primera ronda. Además, necesitan captar votos entre los indecisos, especialmente en el segmento de 18 a 34 años, que concentra la mayor proporción de electores sin preferencia definida. El desafío, sin embargo, es que este grupo tiende a atomizarse y repartir su apoyo entre múltiples opciones. En estas elecciones, ese voto joven podría fragmentarse entre cinco o seis partidos distintos, lo que dificulta que un solo candidato logre consolidar una ventaja clara.
En la Asamblea Legislativa, si el voto se reparte de manera uniforme en las siete provincias y no se produce un quiebre significativo, la candidata oficialista podría alcanzar entre 22 y 27 curules según los datos actuales y el sistema de cociente y subcociente que rige en el país. En caso de una segunda ronda presidencial, cualquier rival que busque derrotar a Laura Fernández tendría que remontar una diferencia de al menos 15 a 20 puntos. Además, enfrentaría el desafío de gobernar con un bloque legislativo minoritario, lo que obligaría a pactar con la fracción de Pueblo Soberano, que, de acuerdo con las encuestas, se perfila como la mayoritaria en la próxima Asamblea Legislativa.
