¡Hola democracia!

Te escribo porque estos últimos meses he estado pensando mucho en vos. Yo, y muchas personas de nuestra región.

Teóricamente hay muchas posiciones al respecto sobre lo que sos y lo que hacés. Sobre lo que llevás en los hombros. Debo decir que muchas de estas teorías me parecen válidas y creo que es importante cuestionarte y cuestionarlas.

Pero esto es lo que pasa ahora: estamos a pocos días de las próximas elecciones presidenciales en Costa Rica.

Entiendo que, como cualquier cuerpo feminizado —en tu caso, un concepto feminizado—, has estado históricamente en disputa.

Como mujer, lo entiendo de cerca. Mis derechos también se juegan en campañas políticas y a mi cuerpo se le responsabiliza de violencias que otros ejercen sobre él.

Entonces, hoy empatizo más con el alcance que has tenido para y con este pedacito de tierra. Un país, hijo del mar, la montaña y el maíz. Hijo del dolor y del saqueo, también de la resiliencia.

Un país golpeado por un sistema que rompió hace muchos años, una lógica comunitaria y de la tierra. Y hoy, su vida natural —sus ríos, mares, árboles— sigue en disputa para beneficio de aquellos que tienen la posibilidad de resguardarse en el capital.

Sé que no estás buscando que te salvemos, tenés una propuesta más fuerte. Que construyamos en conjunto.

Sé, democracia, que a pesar de todos los golpes que has recibido durante los últimos años, seguís en pie.

De pie, como las mujeres que cuidan, las niñeces que viven el juego y las juventudes que quieren seguir estudiando. En pie, como las personas que se levantan orgullosas de sus identidades, de su trabajo hecho a mano y de la tierra que sigue dando frutos para sostenernos.

No soy una estudiosa tuya, pero creo que sos lo que tenemos y lo que nos sostiene en el contexto de estos sistemas políticos contemporáneos. Por eso, decido trabajar al lado tuyo.

Este es un llamado a asumir esa responsabilidad de forma colectiva.

Cierro esta carta con un abrazo tierno ante la hostilidad que nos rodea.

De pie, como dijeron, hasta que la dignidad se haga costumbre.

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