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Amor y miedo como origen primordial: A Big Bold Beautiful Journey

No existe una receta para el amor. Nunca la hubo. Desde aquel lejano amanecer en la sabana africana, hace unos tres millones de años, seguimos intentando nombrarlo sin lograr fijarlo del todo. No hay plan seguro, lista check, hoja de ruta.

Pero digamos que todas esas experiencias de millones de años nos dan la posibilidad de asirnos a ciertos elementos fundacionales básicos.

Así, pensemos que vamos a crear una historia de amor. Supongamos que llamamos a Margot Robbie y a Colin Farrell, hacen bonita pareja. Ya con eso está prácticamente listo, pero pongámonos creativos, incluyamos una presencia mágica o “ser superior” y démosle un rostro. ¿Qué tal Kevin Kline y Phoebe Waller-Bridge?, ¿suena? Ok, pues, juega.

Pero si quisiéramos ir más allá podemos usar un nombre sonoro y musical, agradable y motivador, escrito en tipografía amable y robusta: A Big Bold Beautiful Journey. ¿Afiche con sombrillas coloridas?, ¡check! ¿Puertas mágicas con efecto onírico?, ¡check! ¿Escenarios románticos, locaciones lejanas y misteriosas?, ¡check!, ¡check!, ¡che-e-e-eck!

En fin, puede que ese fuera el proceso de Kogonada (Park Joong Eun) para su película. Una pieza realmente gustosa y atractiva sobre el amor: la búsqueda, el encuentro, el rechazo y vuelta a repetir otra vez.

Ok, sabemos entonces que no hay receta para el amor, ¿pero el miedo? Eso es otra cosa. Salta en cada esquina del pensamiento, en cada momento de pausa para coger un respiro. Él estaba ahí, hace tres millones de años. Posiblemente antes. Nos precede. Se nos adelanta. Dicen que, por más veloz que se mueva la luz, cuando llega, siempre la oscuridad llegó antes. Y eso también lo incluyó Kogonada. Miedo al compromiso, miedo a ser querido, miedo a detenerse.

Así, con A Big Bold Beautiful Journey, tenemos la vida y todos sus aspectos resumida en dos o tres elementos: amor, destino y crecimiento personal (es decir, enfrentar el miedo). Creo que con eso no queda nada por fuera.

A Big Bold Beautiful Journey viene como anillo al dedo para esta época. No me refiero a esta época “el siglo XXI”, sino a esta época, la de “las elecciones”: polarización, enfrentamientos, apatía. Es decir: miedo al compromiso y miedo al amor. Kogonada nos recuerda que, no importa cuántos elementos tengamos para paralizarnos, para rechazar, ahí, en el medio del corazón, está el amor.

En Costa Rica, a pocos días de volver a las urnas, el clima emocional rezuma cansancio, sospecha, desencanto. Votar se ha vuelto una carga: comprometerse con una opción implica exponerse, equivocarse, asumir consecuencias, enfrentarlas.

Y eso, como en el amor, da miedo. Preferimos muchas veces el distanciamiento, como si la neutralidad nos protegiera. Pero la película de Kogonada parece exponer justo lo contrario: no elegir también es una elección, y casi siempre es la más cómoda, pero no la más valiente.

A Big Bold Beautiful Journey dialoga entonces con este momento país desde un lugar inesperado. Sus personajes atraviesan puertas que los obligan a mirar su pasado, a confrontar decisiones no tomadas, palabras no dichas, afectos postergados.

Algo parecido ocurre cuando una sociedad se enfrenta al acto de votar: se abre una puerta simbólica hacia el futuro, pero solo después de atravesar nuestros miedos, contradicciones y deseos reales. Kogonada no propone fórmulas para el amor —estamos claros de que no existen—, pero sí recuerda algo esencial: el movimiento, el vínculo y el amor son condiciones de la vida. Amar, como elegir, implica riesgo. Por eso es el gesto más profundamente humano, desde hace tres millones de años.

Al final, tanto en la intimidad de una historia de amor como en la vida colectiva, todo se reduce a la misma pregunta: ¿nos atrevemos a vincularnos? Amar no es solo sentir, es quedarse, elegir, sostener incluso cuando el vértigo aparece.

El amor no es un destino al que se llega, sino una decisión que se renueva a pesar del miedo y de la tentación de cerrar la puerta. Porque sin ese gesto lo demás se dispersa, se enfría, se detiene.

¿Que si es una película cursi? Bueno, el amor —por suerte— siempre lo es, porque así funciona la vida: las partículas se atraen, los átomos se entrelazan, la vida se organiza, las miradas se cruzan, aparece un regalo en tu puerta.

Tal vez no haya recetas, pero sí un impulso antiguo que insiste: acercarse y elegir, no huir. Ese gesto mínimo —repetido desde hace millones de años— es lo que todavía nos mantiene en movimiento.