Entre las expresiones del comportamiento humano está la de deliberar con uno mismo o con otras personas, de manera directa o indirecta (por ejemplo, al reflexionar una lectura), sobre algún tema o cuestión para llegar a conclusiones y, en algunos casos, tomar decisiones.
Ahora bien, sabemos que el comportamiento humano, sin pretender aquí una descripción inobjetable, se basa en instintos, emociones, sentimientos y razón, o una mezcla de todos o algunos de esos elementos en las diversas circunstancias vivenciales, entretejidas en el entramado cultural del cual estemos imbuidos; esto es, el acumulado hereditario, biológico y social que informa nuestros valores, creencias, normas y conocimientos —así como sus correlatos sicológicos— y nuestras relaciones con todos los objetos tangibles e intangibles a los que concedemos alguna significación.
Reconocida urgencia. De modo que, en este artículo, la invitación a procurar un buen uso de la razón es consciente de que discutir, concluir y decidir se enmarca en esa complejidad, valga decir tan necesitada de reivindicación, aunque esto último no sea para nada tarea sencilla. Además, esta invitación no pretende ser un antídoto contra el error, característica tan humana.
Con ese preámbulo vamos al tema de la posicionada urgencia de superar debilidades en el aprendizaje y desarrollar la capacidad del pensamiento crítico estudiantil a todo nivel. Al respecto, recordé lo grata que me resultó la lectura, hace como 25 años, de un pequeño y didáctico libro titulado Uso de razón. En este, el médico y pensador español, Ricardo García Damborenea —no exento de polémica por su pasado en la política, según se lee en una nota biográfica de Wikipedia, ahondar en lo cual no viene al caso—, hace una dedicatoria, al parecer, a un grupo de jóvenes, “que han atravesado el Bachillerato y la Universidad sin oír hablar de estas cosas”.
Debo reconocer que al suscrito le sucedió lo mismo en sus años mozos; será porque no cursamos en la universidad carreras específicas o cursos complementarios afines a la referida temática y porque la filosofía vista en secundaria, que me parece hubiese sido una materia adecuada para eso, fue más historia que otra cosa. De modo que, si no de manera implícita en cursos y lecturas, acceder de forma expresa a conocimiento teórico y práctico en el campo del pensamiento crítico quedó supeditado a la iniciativa personal.
Recurso didáctico para todos. En un mundo saturado de información cierta y engañosa, opiniones y discursos de todo tipo, la capacidad de razonar bien se convierte en una herramienta imprescindible para la vida cotidiana. Ese texto ofrece un programa integral de iniciación a la lógica, la dialéctica y el debate, que busca dotar al lector de un “aseo mental” frente a los errores más frecuentes en el razonamiento. Su propuesta no es solo académica, sino una invitación a pensar con rigor, a detectar falacias y a construir argumentos sólidos que permitan convivir en una sociedad plural y democrática.
El libro se estructura en varios ejes: aprender a formular con claridad el tema a discutir o problema a resolver (la cuestión), identificar los caminos válidos para llegar a conclusiones (los cauces del razonamiento), reconocer las formas legítimas de persuasión y refutación (los argumentos) y un repertorio de errores comunes contaminantes del pensamiento y el debate (diccionario de falacias, que tanto se suelen infiltrar en la política, las redes sociales, la publicidad y las conversaciones cotidianas).
Me parece que un texto como ese, de enfoque ameno y numerosos ejemplos tomados de muy diversos ámbitos de la realidad y referencias a fuentes clásicas, bien podría explorarse para ser utilizado como material principal o de consulta en la educación secundaria y universitaria. Eso sin dejar de lado su utilidad para todos al fomentar la mejora en la calidad de nuestras decisiones e interacciones y, con esto, ciudadanos menos vulnerables a manipulaciones, de donde sea que provengan. Cabe aclarar, llegados a esta sugerencia, que la hago porque, además de la complacencia personal en su lectura, dicho texto se encuentra disponible libremente, entiendo que, bajo el auspicio del autor, en Internet, incluso ajustado a su reciente edición ampliada de 2024.
El autor recuerda que, igual que alguien puede jugar bien al billar sin conocer la mecánica analítica, también se puede argumentar sin dominar la lógica formal. Sin embargo, conocer los principios del razonamiento fortalece nuestra capacidad de discernir y nos protege de las artimañas. Razonar bien es, en definitiva, aprender a pensar con claridad, a dialogar con respeto y a vivir con mayor conciencia. Es una tarea que nunca termina, siempre enriquece y nos interpela a todos. Razonar bien no es solo una habilidad intelectual, es una forma de vivir con mayor libertad y responsabilidad.
La dignidad de pensar y debatir con rigor. No se trata de ganar discusiones, sino de respetar la verdad y a los interlocutores. En tiempos de polarización, el pensamiento crítico se convierte en una defensa contra la estratagema emocional y la propaganda. Aprender a detectar falacias es, en este sentido, un ejercicio de higiene mental que fortalece la autonomía individual.
La obra también resalta la importancia de la dialéctica, persuadir sin engañar y refutar sin humillar. No imponer sino convenir mediante argumentos sólidos. Esta actitud fomenta un diálogo constructivo, donde las diferencias se convierten en oportunidades de aprendizaje; ver el debate como un laboratorio de ideas, no como un campo de batalla.
El mensaje central es claro: si razonar es importante, razonar bien lo es aún más. Se trata de una invitación a cultivar nuestras capacidades como un medio de emancipación personal y social. En una época marcada por la sobreinformación y la manipulación, el pensamiento crítico se convierte en un acto de civismo, resistencia y dignidad.
