Costa Rica estuvo cercano a experimentar la pérdida de las voces que acompañan en el tráfico, durante el día, la noche, y en los hogares en donde la radio comunitaria sigue siendo un puente que conecta la vida cotidiana.
La subasta de frecuencias organizada por el gobierno y Sutel, frenada (de momento) por la Sala IV durante el mes de noviembre del año 2025, es una estrategia, una guillotina que habría silenciado emisoras locales, esas que transmiten mucho más que música o anuncios, esas que transmiten identidad, memoria y resistencia. Si esta subasta se llegará a concretar habría desaparecido gran cantidad de radios comunitarios, los requisitos y tarifas eran tan altos que las emisoras no podían competir.
Así, las frecuencias quedaban en manos de grandes empresas con poder económico. Se intentó convertir la comunicación en un negocio, olvidando que es una necesidad social y no un privilegio, es un derecho que sostiene la democracia. Pero la diversidad no se vende ni se subasta, se defiende.
Cuando las radios comunitarias se apagan, junto a ellas, se silencia la diversidad, la cercanía y la voz de quienes no tienen cabida en los grandes medios. Este no es un tema únicamente técnico, político o económico, es un tema que involucra libertad, cultura y futuro.
¿Qué sucede cuando el Estado decide que las voces de la comunidad no merecen frecuencia? Si permitimos que la industria del espectáculo decida quién habla y quién calla, se corre el riesgo de vivir en un país donde lo único que se escucha es el eco de quienes pueden pagar.
Las radios locales son espacios de resistencia, de memoria y de unión. Cuando una emisora comunitaria transmite las fiestas de un pueblo o historias de vida, está defendiendo la cultura popular frente a la estandarización de los grandes medios.
Al mismo tiempo, las voces emergentes han encontrado otras formas de hacerse escuchar, usan plataformas como TikTok, Instagram o YouTube para contar sus historias, mezclar tradiciones con estilos modernos y compartir su cultura en circuitos globales.
Son tácticas creativas que muestran que lo popular no muere, sino que se reinventa. Sin embargo, esas plataformas no reemplazan el papel de las radios comunitarias, las redes sociales son rápidas y fragmentadas, mientras que la radio mantiene la cercanía y la continuidad de la vida comunitaria.
La coyuntura de la subasta genera preguntas claras, ¿qué modelo de comunicación estamos dispuestos a aceptar? ¿uno que privilegie solo a quienes pueden pagar, o uno que garantice que todas las voces, incluso las más pequeñas, tengan un espacio? Defender las radios comunitarias es defender memorias, cultura y la libertad de expresión. Una libertad que no es ajena a nosotros es más cercana de lo que imaginamos.
Las radios comunitarias deben mantenerse y fortalecerse, son un espacio vital para la identidad y el sentido de pertenencia de las comunidades. En un país donde los grandes medios repiten las mismas voces y los mismos discursos, las radios locales son la diferencia, transmiten las fiestas del pueblo, sucesos que afectan a la comunidad, la música que nos identifica y los mensajes que realmente importan en la vida cotidiana de la comunidad.
Apoyarlas es defender la diversidad cultural y la libertad de expresión, cuando una emisora local habla, no lo hace desde el interés económico, sino desde el corazón de la gente. Es la voz de las comunidades, de los pueblos, de quienes rara vez aparecen en los medios nacionales.
Pretender silenciarlos es perder parte de la memoria colectiva y romper el tejido social que nos une. La identidad, la memoria y la posibilidad de que las comunidades se narren a sí mismas no debe de tener precio.
En tiempos de globalización y plataformas digitales, las radios comunitarias cumplen un papel que ninguna red social puede reemplazar, la cual es la cercanía y conexión comunitaria. TikTok o Instagram permiten que los jóvenes creen y compartan cultura, pero la radio comunitaria mantiene viva la esencia de la conversación, el eco de las tradiciones y la unión entre generaciones.
Por eso, defenderlas no es solo un acto cultural, es un acto político y social. Necesitamos que el Estado y la sociedad las incentiven, las apoyen y las reconozcan como patrimonio vivo. Porque sin identidad y sin pertenencia, lo que queda es un país desconectado de sí mismo.
Cada emisora local que se apaga es una historia que se pierde y con ella, las memorias de aquellos que crecieron junto a ellas. Se convierten en tradición que se desvanece, en pueblos que dejan de escucharse y, por ende, en poblaciones ignoradas. La subasta de frecuencias nos recuerda que el mercado no debe decidir quién merece hablar y quién debe callar. La comunicación no es mercancía, es un derecho, es cultura, es resistencia.
En tiempos donde el espectáculo global intenta uniformar nuestras voces, necesitamos más que nunca esos espacios cercanos que nos devuelven pertenencia y diversidad, pero también, la capacidad de cuestionar y analizar el mundo que nos rodea, porque solo así podemos detenernos a reflexionar y actuar, para que, así, nuestras voces nunca dejen de sonar.
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