Días atrás, buena parte de la prensa mundial replicó un cable tan llamativo como cómodo: el hombre más inteligente del mundo afirma que Dios existe y que puede probarlo con matemáticas. El gancho estaba servido. Coeficiente intelectual descomunal, ciencia, fe, controversia moral. El combo perfecto para el algoritmo.

La historia viajó rápido, casi sin equipaje. Y como suele ocurrir con este tipo de notas, llegó a los lectores despojada de contexto, sin contrapartes, sin preguntas incómodas. Convertida, más que en información, en un acto de amplificación acrítica.

No es un caso aislado. Es un síntoma del periodismo del titular suficiente.

Cada vez con mayor frecuencia, medios respetables reproducen cables internacionales cuyo principal valor no es informativo sino provocador. Se apela a palabras como “debate”, “controversia” o “reacción mundial” sin que ese debate se exponga, sin que esas voces aparezcan, sin que el lector reciba herramientas para entender qué está realmente en juego.

El resultado es una ilusión de pluralidad: parece que estamos ante una discusión global, cuando en realidad solo se ha puesto un micrófono frente a una voz llamativa o polémica y se ha subido el volumen. El resultado es una "noticia" que solo se justifica desde la pereza editorial: “Este tipo más inteligente que Einstein afirma que Jesús vuelve en 10 años”.

Cuando el IQ se convierte en argumento

El corazón del problema en el caso que hoy nos ocupa no es la fe del protagonista de la nota, ni siquiera sus afirmaciones extravagantes. El verdadero eje está en el uso —y abuso— del coeficiente intelectual como atajo cognitivo.

El mensaje implícito es simple y poderoso: si alguien con un IQ extraordinario dice algo, vale la pena escucharlo. Y ahí se cuela la falacia.

El IQ mide, con cierta eficacia, habilidades muy específicas: razonamiento lógico-formal, reconocimiento de patrones, velocidad de procesamiento. No mide sabiduría, juicio moral, comprensión histórica ni capacidad para interpretar sistemas humanos complejos. Mucho menos convierte opiniones personales en verdades universales.

Confundir IQ con “inteligencia total” es un error viejo, pero persistente. Y peligrosamente seductor.

La inteligencia no implica inmunidad al error.

La historia está llena de personas extraordinariamente capaces que defendieron ideas profundamente equivocadas. Un alto IQ no blinda contra el dogma, la superstición o el prejuicio.

Por eso, cuando alguien invoca su propio IQ —y este muchacho lo hace en cada post— como aval de sus creencias —religiosas, morales o políticas—, el problema ya no es lo que cree, sino cómo pretende validarlo.

Las buenas ideas no necesitan pedigrí cognitivo. Se sostienen por su coherencia, por la evidencia que las respalda y por su capacidad de resistir el escrutinio crítico.

El “debate” que no fue

La nota que se viralizó por todo lado habla de debate, pero no presentó una sola voz crítica. Ningún matemático explicando por qué no existen pruebas matemáticas de entidades metafísicas. Ningún psicometrista cuestionando la fiabilidad de puntajes de IQ fuera de escala. Ningún filósofo recordando la diferencia entre metáfora y demostración. Ningún teólogo académico delimitando la frontera entre fe, doctrina y conocimiento, ni señalando que la teología no opera —ni pretende operar— como una ciencia demostrativa.

El lector quedó solo frente al titular, sin mapa ni brújula. Y cuando eso ocurre, la prensa deja de informar y pasa a inducir.

Pensar cuesta más que replicar

Nada de esto se resuelve censurando ideas incómodas ni ridiculizando creencias ajenas. No se trata de eso. Esto se resuelve haciendo periodismo: contextualizando, preguntando, contrastando. Asumiendo que la audiencia merece algo más que un estímulo viral.

El problema no es que alguien con alto IQ crea en Dios. El problema es que el periodismo renuncie a su rol crítico y le entregue al lector una ecuación falsa ensanguchada en una “noticia”: más IQ = más verdad.

Pensar cuesta. Explicar cuesta. Poner contexto cuesta. Pero cuando no se hace, alguien más piensa por nosotros. Y con frecuencia no lo hace mejor.