Una de las dinámicas que más marcó mi vida durante mi tiempo en los Boy Scouts fue la del Epitafio. La actividad consiste en explicar que el epitafio es la pequeña leyenda o frase grabada en la lápida de una persona difunta, donde sus seres queridos describen lo más destacable de su vida y por lo que sería recordada. Posterior a esa explicación, se procede a preguntar ¿Qué cree usted que va a decir su propio epitafio?

Esta pregunta, simple y profunda, la he realizado en numerosas ocasiones a mis estudiantes. Con el tiempo, he notado que para las nuevas generaciones es algo que generalmente no se habían planteado y que les es difícil responder.

Mi conclusión es que esta situación responde a un profundo cambio cultural. Históricamente, a lo largo de la humanidad, la búsqueda de la trascendencia -el dejar huella, el ser recordado o el haber construido un legado- fue un componente esencial del sentido de la vida. Sin embargo, el contexto actual está transformando radicalmente el significado de una vida “con sentido”. Este paradigma ha sido sustituido por la experiencia inmediata, la prioridad por el presente y el bienestar aquí y ahora.

Esta situación podría responder a múltiples causas. En primer lugar, porque la idea de un futuro prometedor ha colapsado. Con salarios limitados y costos de vida inalcanzables, como por ejemplo el precio de la vivienda, la prioridad inmediata se convierte en la supervivencia. Si no es posible tener algo duradero, la idea de un legado material pierde sentido.

En segundo lugar, está la adopción, a menudo subconsciente, del nihilismo optimista. Este enfoque niega la existencia de un propósito universal en la vida, lo que se traduce en una mentalidad práctica: “en lugar de intentar cambiar la historia, es preferible disfrutar mi café ahora”. De esta forma, la ansiedad del “deber ser” se reemplaza por la libertad de “ser nadie”, que permite enfocarse en el disfrute del momento.

El futuro incierto del planeta representa otro factor determinante. La convergencia del cambio climático, la inestabilidad política y las crisis sociales genera una genuina sensación de colapso inminente o de “fin de los tiempos”. Ante esta amenaza, la psicología humana tiende a refugiarse en la seguridad del presente. Por lo tanto, se evita planificar un futuro cuya existencia es dudosa y se prioriza, en cambio, la planificación para el próximo fin de semana.

El presente perpetuo impuesto por las redes sociales también contribuye a la sensación de atemporalidad. El scroll infinito, diseñado para el consumo inmediato, secuestra la capacidad de proyectar el futuro y, por extensión, distrae de la profunda reflexión sobre el sentido de la vida o el legado personal.

Finalmente, la tendencia implica una redefinición de valores fundamental. Las nuevas generaciones priorizan el capital experiencial (viajes, salud mental y vivencias) por encima de los legados materiales. Muchos jóvenes prefieren ser recordados por haber sido amables y auténticos, o por haber disfrutado la vida, en lugar de haber sacrificado su bienestar por un legado inerte. En este sentido, se prioriza la salud mental sobre el sacrificio que, históricamente, pocos han agradecido.

De manera análoga, este fenómeno se repite en el ámbito religioso. Está ocurriendo una reconfiguración en los paradigmas clásicos, impulsada por una nueva generación que busca paz, plenitud y autenticidad en el presente, más allá de la promesa de la vida eterna. Esta generación se aleja de dogmas, ritos monótonos y jerarquías que exigen obediencia ciega, y opta por un diálogo con lo sagrado “a su manera”: más íntimo, libre y emocional. Una transición de la fe institucional a la fe personal.

Por tanto, es fundamental que este conflicto intergeneracional se aborde mediante una conciliación que no pretenda que una generación cambie su forma de pensar, sino que ambas aprendan a convivir respetando sus diferentes sistemas de valores. El camino exige que ambas partes se muevan del juicio al diálogo, la empatía, la tolerancia.

Las diferencias de valores son menos conflictivas cuando se logra entender la causa detrás del comportamiento, en lugar de juzgarlo. Bajo esta premisa, las generaciones mayores deben reconocer que el foco de los jóvenes en el presente es una respuesta racional a la incertidumbre económica y ambiental, y no un mero capricho. A su vez, las generaciones jóvenes deben comprender que la necesidad de los mayores de trascender y dejar un legado se deriva de una cultura de sacrificio, cuyo propósito original fue, precisamente, garantizar un futuro mejor.

Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.