Yo también me indigné siendo muy joven. No fue una costumbre heredada, sino un sentimiento genuino. Desde el sur del Valle Central nuestras montañas todavía se veían muy verdes; ante la imaginación de los niños de la época se dibujaban todo tipo de figuras en sus cúspides y nos preguntábamos si detrás de ellas podíamos encontrar el mar.
Todavía San José era frío, lo sé, porque veía a don Josué usar su traje entero y andar en bicicleta; mi abuela, que en esos años tenía mi edad actual, siempre se preocupaba por el calor de ella y antes, por el todos los demás. Don Talao, doña Julia, Rosita y don Grant compartían la misma sensibilidad, pero también la misma pobreza. Por eso doña Lila, acostumbrada a un caminar descalzo por los trillos de las carretas, no lograba ajustar su calzado a la nueva modernidad. Algo muy parecido a mi bisabuela, de pasado indígena reciente, quien desconocía lo técnico detrás de los duros efectos inflacionarios de la crisis del 80, pero que intuía que, en lo social, era mejor enterarse del acontecer político a un volumen casi imperceptible.
Todo era verdad. No fue por consciencia: era una norma. Los jóvenes costarricenses nacidos en los barrios del sur de la capital conocían la ira y la violencia antes que la satisfacción. La última era una suerte de hazaña, impulsada por las “niñas” en las escuelas a las que, el infante henchido de ternura confundía con su madre. Mientras la mía recorría muy temprano larguísimos trayectos entre sus deseos y su responsabilidad, para desembocar —como el torrente de nuestros ríos— en la esperanza colectiva de un país que sabía preguntarse: ¿Para qué tractores sin violines? ¿Para qué riqueza con miedo? ¿Para qué un caminar sin deseos?
Yo también me indigné siendo joven. Subí el volumen de las noticias y encontré políticos corruptos, religiosos reprochables, académicos insensibles y empresarios evasores. Todo eso, mientras el camino por transitar se antojaba más empinado, ajeno y, sobre todo, muy solitario. Las figuras de las montañas fueron cayendo: de un lado los parches amarillentos de la deforestación y del otro los parches de cemento, ambos impulsados por quienes podían darse el lujo de apartarse de nosotros y ver el Valle Central desde las alturas. Desde abajo y viendo las ruinas, ya no era fácil y bonito ver las montañas. Entonces mis hermanos y yo , por medio de los estudios también quisimos apartarnos.
No hubo más barrio, ni amigos. Aislados, la lucha tenaz se desgarró de la esencia del trabajo y la paz. Frustrado en derrotas, la injusticia se decoraba de necesidad y era transmitida, entonces, yo también quise bajar el volumen del noticiero, pero yo no pude, ¿con quién dialoga una “asociedad” genuinamente iracunda? Tan profundo es el problema que no existe un antónimo preciso para lo social. Por eso ahora recurrimos a imaginarios irracionales dispuestos a perder el descanso de la paz y el equilibrio ambiental del cielo azul, bajo el puño único, de un hombre disminuido de virtud, vestido de heroísmo, con una capa impregnada de polarización y de una pugna peligrosa entre hermanos. Confundir justicia con venganza es un viejo vicio del saber, pero destruir un valle y los mares para tender una gran alfombra teñida de cenizas ante un autoproclamado salvador, remite directamente a la mediocridad mental y la locura.
Yo también sigo indignado. Siento que los días son más cálidos y que los zapatos de la contemporaneidad no son cómodos. Cualquier faz enrojecida parece derretirse en medio del tránsito vehicular. Ya no son necesarias las advertencias sobre el sereno: hay un mal mayor que ronda las noches violentas y ataca despreciando todo lo nuestro.
Lo nuestro, como los tacacos: que no nos encantan, que son difíciles de cocinar y pelar, con ese sabor terroso y su semilla amarga, pero que, cuando lo pensamos bien y vuelve la razón, recordamos que son buenos y que son nuestros. Si falta alguien de comer, incluso en medio de nuestros problemas, siempre se le puede echar un poco de agüita nacida, directo del tubo, para una sopa que nos sostiene y alimenta nuestra ahora impostergable responsabilidad de acción y unión.
Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.




