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El sector agrícola costarricense representa una de las bases más importantes del desarrollo económico, social y territorial del país.

Quienes trabajan la tierra merecen respeto, oportunidades y una vida digna. Costa Rica nació del esfuerzo agrícola, de hombres y mujeres que día a día cultivan los alimentos que todos consumimos.

Por eso duele ver cómo el gobierno actual le da la espalda al sector. En lugar de fortalecer al productor, busca eliminar los apoyos que durante décadas permitieron que el campo siguiera vivo. Un país con historia agrícola no puede renunciar a lo que lo hace fuerte: su tierra y su gente trabajadora.

No es justo señalar a los productores por tener un pick-up o un tractor. Esas no son muestras de lujo; son herramientas indispensables de trabajo. En un país con caminos en mal estado, los productores necesitan vehículos capacitados que les permitan entrar a sus fincas, revisar cultivos, transportar insumos y sacar sus cosechas. Cualquier persona que conozca el campo sabe que sin maquinaria no se siembra ni se cosecha.

Antes de los tractores la agricultura dependía de la fuerza animal, basada en los caballos y bueyes, en 1837 se fabricaron los primeros arados de acero y para finales del siglo XIX aparecieron las primeras máquinas de vapor utilizadas en el campo, que fueron parte fundamental de la revolución agrícola, basada en el mejoramiento y modernización de las herramientas utilizadas por los agricultores.

La historia nos dice que la maquinaria agrícola no es un lujo, es una herramienta de trabajo. Así como un médico necesita su bisturí y máquinas que le apoyen o un ingeniero su computadora, programas y tecnología, los productores requieren tractores, camiones y vehículos de doble tracción para desempeñar su labor

Muchos de estos bienes se adquieren mediante financiamiento, porque sí, son inversiones importantes, pero necesarias para modernizarse y cumplir con las exigencias de la actualidad productiva, donde se busca ser más eficientes y tecnificados. A los productores se les ha solicitado que se tecnifiquen, incrementen su competitividad y mejoren sus procesos productivos como para que ahora esas herramientas básicas sean motivo de crítica, más si les ayuda en el proceso de ser más productivos.

En el campo costarricense hoy no se trabaja con pico y pala. Se labran miles de hectáreas de arroz – aunque lamentablemente se hayan reducido en más de un 60% en los últimos tres años, así como, también le ha sucedido a la papa, cebolla, frutas y muchos otros cultivos que alimentan a los costarricenses. Esa producción demanda tecnología, inversión y esfuerzo conjunto.

Modernizar no es un delito ni capricho, es una necesidad para garantizar la productividad y la sostenibilidad de un sector, que está comprometido con la mejora continua y con la Seguridad Alimentaria del costarricense.

A diferencia de la mayoría de países del mundo, que protegen su producción nacional, en Costa Rica el gobierno impulsa medidas que ponen en riesgo el futuro del agro. Y ahora, además, el propio presidente cuestiona por qué no se decomisaron los tractores y vehículos de los agricultores. Es inconcebible que, además de abrir las puertas a la importación desmedida y cambiar las políticas en agosto de 2022 en el caso del arroz, se pretenda arrebatar las herramientas con las que se trabaja la tierra.

Costa Rica es un país agrícola. Tenemos lo más importante: la tierra y miles de productores comprometidos y conocimiento para seguir cultivando los alimentos que garantizan nuestra Seguridad Alimentaria.

Pueblo de Costa Rica, no nos dejemos engañar. Cambiar el modelo de desarrollo sin planificación, eliminando las bases que sostienen la economía rural, solo generará más pobreza, desempleo y un aumento en los precios de los alimentos básicos. Defender la producción nacional es defender el futuro del país, así como los alimentos que llegan a nuestras mesas.

Depender de las importaciones, nos deja a expensas de una incertidumbre ante aumento de precios por falta de productos por temas geopolíticos, guerras, sequías, inundaciones como ya ha sucedido o ante otra pandemia.