Costa Rica no enfrenta un aumento general de homicidios: enfrenta un fenómeno profundamente marcado por género, con una tasa de crecimiento explosiva en hombres desde 2020 —seis veces más acelerada que la tendencia previa— mientras las tasas femeninas permanecen casi planas; esto exige abandonar explicaciones simplistas y adoptar una política criminal basada en evidencia real: prevención con enfoque de género, intervenciones quirúrgicas dirigidas a jóvenes y hombres en entornos de alto riesgo, fortalecimiento institucional en investigación y datos, y el uso sistemático de metodologías estadísticas modernas —como control sintético, ya probado en casos como Puerto Rico— para entender causas, medir impacto y ajustar estrategias; en otras palabras, no basta con más patrullas o discursos, se necesita inteligencia analítica, precisión y una comprensión estructural del territorio y del comportamiento humano.

Los datos no mienten

Costa Rica enfrenta hoy uno de los aumentos más acelerados de homicidios intencionales en toda su historia estadística reciente. De acuerdo con la UNODC (Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito), la tasa ponderada de homicidios —ajustada por la proporción real de hombres (49,4%) y mujeres (50,6%)— llegó a 17,7 por cada 100.000 habitantes en 2023, la más alta desde que existen registros comparables y más del doble del nivel observado hace apenas una década. El dato sería grave por sí mismo. Pero lo que la mayoría no está viendo —y que es imprescindible discutir— es quiénes están muriendo.

El quiebre estructural: el homicidio en hombres explotó, el de mujeres no

Los datos de Naciones Unidas muestran una diferencia dramática:

  • En 2023, la tasa de homicidios en hombres alcanzó 33,1 por cada 100.000.
  • En mujeres, fue de apenas 2,7 por cada 100.000.

Es decir: los hombres son víctimas de homicidio doloso a un ritmo 12 veces mayor que las mujeres.

Y la tendencia no es nueva, pero sí se volvió más pronunciada. Los promedios históricos muestran que, desde 1990, siempre existió brecha. Pero a partir de 2020 ocurrió un quiebre estadístico que cualquier analista debe reconocer.

Para dimensionarlo:

  • Tasa de crecimiento histórica (1990–2019) hombres: +0,34 homicidios por año
  • Tasa de crecimiento (2020–2023) hombres: +6,20 homicidios por año

Eso equivale a un incremento casi 20 veces más acelerado después de 2020. Nada comparable aparece en mujeres, cuya evolución sigue estable en torno a 1–3 por cada 100.000.

Este patrón revela algo crucial: el fenómeno no es generalizado, es específicamente masculino. No estamos ante un aumento transversal de la violencia: estamos viendo una dinámica criminal que golpea principalmente a varones jóvenes, en territorios específicos y bajo lógicas que deben ser comprendidas desde el desarrollo económico, la desigualdad y el crimen organizado.

¿Qué explica este salto? Una lectura técnica y basada en evidencia

Todo aumento abrupto exige una hipótesis explicativa que vaya más allá de opiniones superficiales. La comparación internacional —especialmente con la experiencia de Puerto Rico— aporta claridad.

El precedente de Puerto Rico: cuando la estructura criminal sustituye al Estado

El análisis causal con contrafactual de control sintético para Puerto Rico demuestra que:

  • Los homicidios no aumentan solo por desempleo o pobreza.
  • Aumentan cuando grupos criminales logran capacidad organizativa, control territorial y sustitución parcial de autoridad.
  • El desplazamiento del Estado en ciertas zonas genera un ciclo de retaliación, ajustes internos y disputas de mercado ilícito que elevan los homicidios masculinos en forma exponencial.

Esta dinámica coincide con lo observado recientemente en Costa Rica:

  • Mayor presencia de estructuras criminales transnacionales, especialmente ligadas al microtráfico.
  • Control territorial difuso, con células pequeñas compitiendo por espacio y flujo.
  • Incremento de armas en manos de jóvenes, asociado a economías ilícitas.
  • Retaliaciones encadenadas: la lógica de ajustar cuentas genera repuntes rápidos y localizados.
  • Vacíos estatales en zonas fronterizas y costeras, que facilitan disputas por rutas y distribución.

En otras palabras, el patrón costarricense no es de violencia doméstica, ni femicidios, ni de violencia social generalizada, ni de un colapso de convivencia. Es un patrón criminal masculino, como el documentado en Puerto Rico, México, Colombia y América Central cuando emerge o muta la estructura criminal.

La explicación demográfica que nadie menciona

La población costarricense está compuesta en promedio por:

  • 49,4% hombres
  • 50,6% mujeres

Pero la incidencia del homicidio no guarda ninguna proporción con esa distribución. Si los homicidios estuvieran asociados a factores sociales generales, ambos géneros deberían moverse en paralelo. Pero no ocurre así:

  • Las mujeres mantienen tasas bajas y estables.
  • Los hombres absorben casi todo el riesgo estadístico del país.

Esto refuerza la hipótesis de que el fenómeno no es social, es criminal. Y por tanto, requiere una respuesta institucional distinta de la que se utilizaría para violencia doméstica o delitos oportunistas.

Lo que muestran las cifras en perspectiva

Las tasas de homicidios por 100.000 habitantes son muy diferentes por el género de las víctimas:

Año Tasa hombres Tasa mujeres Tasa total ponderada
1990 7,10 1,79 4,41
1991 6,68 1,55 4,08
1992 8,22 1,51 4,83
1993 8,35 1,15 4,71
1994 9,12 1,43 5,23
Año Tasa hombres Tasa mujeres Tasa total ponderada
2019 15,57 1,53 8,46
2020 13,34 1,69 7,45
2021 20,52 2,44 11,37
2022 23,26 2,20 12,61
2023 33,09 2,75 17,74

Fuente: elaboración propia con datos de la UNODC (Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito), 2025

El gráfico es concluyente: Costa Rica rompió su tendencia histórica a partir de 2020, y el motor del quiebre son los varones.

¿Qué implica esto para la política pública?

Primero: reconocer la naturaleza del fenómeno. No se trata de un aumento general de violencia social, sino de un shock criminal masculino.

Segundo: aplicar la lógica del control sintético. Aprender del caso de Puerto Rico: donde el Estado recuperó terreno solo cuando articuló intervención territorial + inteligencia + reconstrucción institucional en zonas críticas.

Tercero: concentrar esfuerzos. El crimen organizado no es homogéneo. Sus homicidios tampoco. La política pública debe actuar donde la tasa de crecimiento se disparó.

Cuarto: monitoreo permanente con datos. Costa Rica debe utilizar modelos dinámicos, no estadísticas anuales estáticas.

Conclusión: no estamos ante una crisis nacional, sino ante un fenómeno específico

Lo peor que puede hacer el país es interpretar estos datos como un fracaso moral generalizado de la sociedad costarricense. La evidencia apunta en otra dirección: es un fenómeno masculino, criminal, territorial y reciente, con precedentes comparables en la región. El desafío no es menor. Pero tampoco es difuso. Tiene rostro, lógica, patrones e incentivos identificables. La diferencia entre actuar y no actuar es, literalmente, la diferencia entre salvar vidas o permitir que esta tendencia—que hoy ya es de 33 homicidios de hombres por cada 100.000—siga escalando. Costa Rica no puede esperar.

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