Entre los muchos conflictos en el mundo, el palestino-israelí es, sin duda, uno de los más complejos y dolorosos. Pero cuando, desde la distancia, intentamos tomar posiciones absolutas y desinformadas, como está sucediendo con algunos grupos en Costa Rica, terminamos promoviendo más odio que entendimiento y más división que soluciones.

No se puede justificar la destrucción de Gaza a toda costa bajo el argumento de destruir al grupo terrorista Hamás ‑aún con su estrategia abominable de usar palestinos como escudos humanos‑, sin alzar la voz por las miles de víctimas civiles palestinas. No podemos cerrar los ojos al sufrimiento de hombres, mujeres y niños inocentes atrapados en una guerra que no eligieron. Ampararse en frases como “toda guerra tiene daños colaterales” para minimizar estas tragedias es una forma de insensibilidad que rechazo.

Del mismo modo, atacar a Israel por la guerra en Gaza sin condenar los aborrecibles atentados terroristas del 7 de octubre que la originaron, sin exigir la liberación de los rehenes israelíes torturados en túneles o sin reconocer el dolor de sus padres y madres que los esperan, es igualmente una postura parcializada que deslegitima cualquier argumento ético y moral. La empatía no puede ser selectiva, como lo hace un pronunciamiento reciente de padres de familia de algunos colegios costarricenses. El terrorismo, en cualquiera de sus formas, debe ser rechazado con la misma contundencia con la que denunciamos la hambruna, el desplazamiento o las muertes civiles.

Ahora bien, quienes nos atacan a los judíos del mundo —independientemente de nuestra nacionalidad— por lo que hace o deja de hacer el gobierno de turno de Israel, caen en un grave error. Esa generalización es injusta, además de ser antisemitismo claro y directo. La responsabilidad de las decisiones gubernamentales —que inclusive dividen a la sociedad israelí- no puede ni debe trasladarse a un pueblo entero, ni mucho menos convertirse en excusa para fomentar discursos de odio.  En esa línea, son absolutamente inaceptables los grafitis que se pintaron en las paredes del centro comunitario judío o las gestiones de grupos de izquierda para boicotear negocios de judíos costarricenses.

Lo mismo ocurre con quienes atacan el sionismo en bloque, sin comprender que se trata del movimiento nacional judío que reivindica, como cualquier otro pueblo —incluyendo el palestino—, el derecho legítimo a la autodeterminación según lo reconoce el Derecho Internacional. Confundir el sionismo con las políticas de un gobierno específico en Israel es una simplificación peligrosa y una muestra de ignorancia o de antipatía a la existencia misma del Estado de Israel.  Por eso, es irracional la oposición de algunos estudiantes universitarios a la firma de un TLC con Israel, que impediría, por política e ideología, que los costarricenses nos beneficiemos de los impresionantes avances tecnológicos israelíes.

Sí, lo que ocurre hoy en Gaza es una tragedia inmensa. La guerra ha dejado cicatrices irreparables en ambos pueblos israelí y palestino. Pero ni los civiles israelíes ni los palestinos, ni los judíos ni los árabes del mundo somos los culpables de esta catástrofe. Los responsables están en las esferas de los liderazgos involucrados y en los extremismos que se alimentan mutuamente y que perpetúan el conflicto.

En este contexto, como ciudadanos del mundo —y en especial como costarricenses, herederos de una tradición de paz— deberíamos centrarnos en tres grandes batallas:

  • Combatir el terrorismo.
  • Erradicar los discursos de odio, la discriminación y la violencia.
  • Promover la paz y el fin de todas las guerras, en Gaza, Ucrania y cualquier otro rincón del planeta.

Adoptar posiciones polarizadas sin informarnos adecuadamente, basándonos solo en ideologías, titulares periodísticos arbitrarios o fake news, solo aumentan las tensiones en nuestra sociedad.  Las redes sociales, los medios y nuestras conversaciones cotidianas no deben ser trincheras de odio, sino puentes hacia una comprensión más humana y responsable de lo que ocurre en el mundo.

Hoy más que nunca, debemos tener el coraje de decir que la guerra no es el camino. Que el dolor de uno no justifica ni invalida el dolor del otro. Y que la paz, por difícil que parezca, solo será posible si todos —judíos, palestinos, musulmanes, cristianos, entre otros— apostamos por la vida, la justicia y el entendimiento.

Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.