El tiempo sigue su curso y todo evoluciona según ha venido presentándose en el mundo “real”, ahí afuera, como te presentas a ti mismo: la imagen que proyectas, la fotografía que los demás hacen de ti al conocerte una y tantas veces como vuelvas a convivir con ellos. Cada una de esas veces vuelven a conocerte, un poco más o un poco menos. Por ejemplo, no es lo mismo lo que te conoce un amigo de la infancia que lo que te conoce alguien que acabas de saludar esta mañana. Pero esa dimensión temporal en la que los seres nos desenvolvemos —y que carecemos de capacidad de ver— ahí está y sí que pasa factura: no en vano estamos envejeciendo día a día y, sin embargo, todo es un eterno constante, un nuevo día. Por eso es tan fácil olvidar la dimensión del tiempo.
Ahora, —¿por qué hablo del tiempo? —, dirá usted, lector. ¿A qué viene? Pues cada cuatro años los costarricenses salimos a votar: cada ciclo de cuatro años 1461 mañanas debemos, como colectivo en edad adulta, elegir mediante las urnas y de entre múltiples “ideologías”; la que “gane” llevará el rumbo de la administración pública por los próximos 1461 atardeceres. Me pregunto yo: —¿por qué razón es que las ideologías deben comandar la construcción de obra pública indispensable? ¿O pueden cuestionar si el Estado tiene deber de proveer servicios públicos con dignidad y calidad?
La administración pública debería ser indistinta de esta dimensión política; debería dirigir sus esfuerzos de forma iterativa, con el menor gasto de recursos duros y mucho recurso para experimentación de soluciones que permitan ir construyendo caminos de acción. Porque esa última, la acción, es la que realmente quiere el ciudadano; de lo contrario, son cuatro años más de deterioro nacional, de decaída que además crece como bola de nieve: una nueva generación sin educación, apática, sin modo costarricense, hará aún más grande la brecha que ya existe en nuestra sociedad.
¿Por qué razón —pregunto yo— creer en los postulados de Smith en La Riqueza de las Naciones, o en lo dicho por Marx en el Manifiesto Comunista, o por Don Pepe en La pobreza de las Naciones, debería justificarle al colectivo nacional la carencia de servicios públicos como electricidad, agua, internet; o la falta de soberanía alimentaria; o no brindar educación del más alto nivel, gratuita y obligatoria para todos, sin nunca abandonar la protección a la propiedad privada y al ejercicio de las libertades?
No somos espectadores del tiempo: lo esculpimos con comportamientos morales, apegados a la Constitución, persiguiendo nuestros intereses libre y soberanamente, al amparo —e incluso con el fomento— del Estado cuando corresponde. Así, día a día, y al cabo de 1461 jornadas, el país que vemos en el espejo es la suma de esas decisiones.
El pasar del tiempo no entiende de ismos, entiende de protocolos de acción: qué, cuándo, con qué y quién responde. Invito a los candidatos presidenciales y sus partidos políticos a que pasen de la promesa ideológica al protocolo de entrega: plan, organización, integración de equipos, comunicación y control. Iterar hasta que funcione.
El tiempo no espera: en 1461 días hay que entregar servicios funcionando. Menos doctrina y más cumplimiento: calendario público, metas medibles, responsables con nombre y presupuesto, reporte trimestral y corrección temprana. Planes a plazo (trienales o quinquenales) no para mandar sobre la vida de nadie, sino para garantizar resultados. Si al final del ciclo no hay agua, luz, conectividad, aulas y seguridad jurídica, da igual quién ganó: perdimos tiempo.
