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La presión social y cultural lleva a que muchas mamás dejen en segundo plano chequeos médicos y hábitos de autocuidado.

En la vida cotidiana, las madres suelen convertirse en el soporte central de sus hogares. Esa responsabilidad, que con frecuencia absorbe gran parte de su tiempo y energía, suele llevarlas a relegar el cuidado de su propia salud. Lo que empieza como una costumbre normalizada puede derivar en un impacto serio tanto en el bienestar físico como en el emocional.

La postergación de chequeos médicos, la tendencia a automedicarse o la falta de descanso son prácticas comunes que incrementan riesgos como hipertensión, diabetes, depresión y fatiga crónica. A esto se suma que muchos síntomas son pasados por alto hasta que se vuelven más graves, lo que complica un tratamiento oportuno.

Entre los problemas más frecuentes que enfrentan las mamás al no cuidarse están el estrés, la fatiga extrema, los trastornos digestivos, las enfermedades cardiovasculares y, en algunos casos, el desarrollo de enfermedades autoinmunes asociadas al debilitamiento del sistema inmune. El desgaste emocional, por su parte, puede afectar también las relaciones familiares, generando tensiones que, paradójicamente, minan el mismo entorno que ellas buscan proteger.

“Cuando una madre posterga su salud, no solo compromete su bienestar, sino también el de toda la familia. Es esencial que las mamás comprendan que reservar tiempo para consultas médicas, ejercicio o simplemente descanso no es un lujo, sino una inversión en la estabilidad de quienes ama. Pero también es responsabilidad de la familia propiciar ese espacio de autocuidado y acompañarlas en el proceso”, manifestó la Dra. Marcela Leitón, farmacéutica de Sucremart.

La experta recomienda que las madres no dejen de lado exámenes ginecológicos como papanicolau o mamografías, chequeos de presión arterial, controles de glucosa y colesterol, y evaluaciones de salud mental para detectar a tiempo cuadros de ansiedad o depresión. Señales de alerta como fatiga extrema, dolores persistentes, cambios drásticos en el estado de ánimo o variaciones de peso sin explicación deben motivar la consulta inmediata con un profesional.

El entorno cercano juega un papel clave en este desafío. Involucrar a la familia en tareas del hogar, normalizar que la mamá destine tiempo a sí misma y fomentar hábitos colectivos como cocinar comidas saludables o ejercitarse en grupo son pasos sencillos pero poderosos. De igual forma, enseñar a los hijos a reconocer que su madre también necesita cuidados es un ejercicio de empatía que fortalece el vínculo familiar.

El mensaje es claro de cuidar a las madres no debe ser un gesto ocasional ni simbólico, sino una práctica constante que asegure su bienestar y, por consecuencia, el de toda la familia.