Imagen principal del artículo: Cuando un estudiante no sabe qué estudiar, no es que esté perdido, es que necesita ser escuchado

Cuando un estudiante no sabe qué estudiar, no es que esté perdido, es que necesita ser escuchado

He visto muchas veces esa mirada. La del estudiante que entra al aula en su primer cuatrimestre de universidad con una mezcla de ilusión, ansiedad e incertidumbre. Esa mirada que no siempre se atreve a decir: “No estoy seguro de que esto sea para mí”. Y cuando por fin lo dice, suele ser tarde. Ya pasó un año, tal vez dos. Ya hubo lágrimas, frustraciones, dudas, y muchas veces, culpa, incluso, por la reacción de sus padres.

Con una carrera como docente de más de 35 años, soy testigo de cómo nuestros jóvenes muchas veces eligen una carrera sin conocerse, sin tener acompañamiento, sin saber qué hay más allá del nombre del título o del prestigio de una profesión. Y no es su culpa. El sistema educativo y muchas veces también nosotros como adultos, les empujamos a decidir rápido, como si el futuro se pudiera resolver en un formulario de admisión y cuando no se conoce qué exactamente se hace en cada profesión.

Según la UNESCO, la elección de carrera no debería ser un momento aislado, sino parte de un proceso vital de construcción personal. No se trata solo de saber qué quiero ser cuando sea grande, sino de entender quién soy yo ahora, qué me mueve, qué puedo aportar y qué camino me hace sentido recorrer de acuerdo con mi vocación. Eso no se define en un día. En realidad, se acompaña desde edades tempranas.

Se estima que en Costa Rica tres de cada diez estudiantes universitarios cambian de carrera al menos una vez; algunos incluso más. Y eso, duele mucho, no solo en términos de tiempo y dinero, sino porque a veces esos cambios vienen después de que el estudiante experimentó mucha angustia de sentirse fuera de lugar y de creer que falló.

Y no, no es un fracaso, sino más bien una señal de que necesitamos hablar más de vocación, de propósito, de sentido, de habilidades e inclinaciones. De que las universidades no podemos ser solo lugares donde se imparten materias, sino espacios donde los jóvenes puedan encontrarse, equivocarse, redescubrirse y tomar decisiones más conscientes sin sentirse culpables o en deuda.

A los padres les pido que escuchen, acompañen, que no fuercen, ni proyecten sus propias preferencias en sus hijos.  La elección de carrera no define a una persona, pero sí puede marcar su bienestar futuro. Ayúdenlos a explorar sin miedo, a informarse, a hablar con profesionales, a pensar en lo que realmente les hace vibrar y a derribar cualquier estereotipo o, incluso, las herencias profesionales que veces se dan para elegir una carrera.

A los jóvenes en general les digo lo que está bien no saber. Está bien cambiar. Está bien buscar. Elegir carrera no es amarrarse para siempre. Es dar el primer paso en un camino que irá tomando forma con el tiempo. Y lo más importante, no tienen que hacerlo solos.  Hoy en los colegios los orientadores ofrecen mucho apoyo, hay tests vocacionales disponibles, hay ferias universitarias, hay tecnología que permite ilustrar qué hace cada profesión.

Si como sociedad nos tomáramos en serio la orientación vocacional, no solo tendríamos menos deserción universitaria. Tendríamos más jóvenes construyendo vidas que realmente quieren vivir. Y eso, al final del día, es la educación que importa.