Hace algún tiempo compartí mis reflexiones acerca de la decisión absolutamente personal y voluntaria de ser papá, incluso más allá de los lazos sanguíneos. Ahora, a la luz de los años y las vivencias tanto de hijo como de padre, surge la interrogante, ¿soy un buen papá?
Ciertamente los criterios y la definición que brindan a un padre el carácter de “bueno” son totalmente variables y ante todo subjetivos, además de que las condiciones e historia de cada vínculo familiar son únicas e irrepetibles. Por otra parte, dependiendo de a quién se le pregunte, así será la calificación que se haga de cada paternidad, partiendo de aquellas abuelas y abuelos que consideran que sus hijos son unos padres virtuosos (aunque los hechos digan lo contrario), pasando por las “madres de las criaturas” que, a la luz de sus realidades no pueden más que dudar de cualquier esfuerzo paternal, hasta llegar a los varones que, por el simple hecho de ser proveedores económicos (muchas veces a la fuerza) se dan no solo por satisfechos, sino que se autodenominan excelentes papás.
Ahora bien, ¿será suficiente que papá llene a sus hijos de “cosas” solo para que no tengan las carencias materiales que ellos afrontaron? ¿Qué hacer entonces con los vacíos de atención y afecto? No es ningún secreto que, a pesar de algunos avances, y en un contexto de violencia como política pública, seguimos anclados a elementos estructurales de una masculinidad resistente a expresar sus emociones con libertad y plenitud. Además, la tentación por dejar un legado monetario a los hijos puede competir injustamente con la posibilidad de atesorar gratos recuerdos marcados -más allá de lo material- por las acciones ejemplares, el respeto constante, la alegría auténtica y si no fuera mucho pedir, el cariño incondicional.
Es muy probable que la esencia de un buen papá se perpetúe en la memoria de aquellos hijos e hijas que recuerden vívidamente unas palabras quizá torpes pero absolutamente honestas; un abrazo silencioso pero lleno de ternura; e incluso en la trivialidad de una cobija raída, que a pesar de las décadas una hija se resiste a tirar, simplemente porque “papi me la regaló” y él ya no está.
Por lo general un buen papá sabe que lo es, y no precisamente por su autocomplacencia o su ego inflamado, sino porque sus hijos/as se lo harán saber, no terceras personas, sino ellos/as directamente. Tal vez no lo manifiesten con palabras precisas (¡ojalá así fuera!), sino con gestos profundos como el reconocimiento a su herencia moral, el respeto cotidiano, la complicidad de una sonrisa, la tolerancia a la chochera y los malos chistes, e incluso viendo una mejenga juntos, o compartiendo un reel en redes sociales que a alguno de los dos le interese.
El ejercicio de ser papá, y más aún el esfuerzo por ser uno bueno, es permanente e imperfecto. Conlleva atención, presencia, humildad, mucha empatía, y además implica observar y leer entre líneas; escuchar los mínimos detalles; respetar y tolerar silencios, pero ante todo estar para cada uno/a de ellos/as, muy por encima de distracciones como las obligaciones laborales, las aficiones e intereses personales o la pantalla de un celular. El reto enorme es que los hijos sepan y ante todo sientan —sin la menor duda— que su papá está ahí con ellos y para ellos como su prioridad definitiva.
¿Aplica esto para los “padres de la patria?, sin duda. A fin de cuentas, muy a pesar de los pequeños o grandes esfuerzos y más allá de opiniones externas, lo cierto es que solamente una persona puede definir si un hombre es un buen papá: y esa persona es cada uno de sus hijos. Podría ser relativamente fácil que un padre sea recordado a lo largo de los años como “buena gente”, sin embargo, el desafío monumental es que sus hijos lo recuerden como “gente buena”.
