Todo comenzó con Silvio Berlusconi. A pesar de haber sido acusado por evasión fiscal, abuso de poder, lavado de dinero y violación a menores, Berlusconi fue elegido en tres ocasiones como primer ministro de Italia. Fue, además, presidente del AC Milán, dueño de un imperio mediático televisivo y líder del partido Forza Italia: posiciones que generaron un terreno fértil para cultivar millones de seguidores y cautivar a los votantes. Así, por la vía democrática, se infiltró el “malismo” en la política.
Son múltiples los paralelismos que podemos trazar entre Berlusconi y algunos presidentes autoritarios de nuestros días, como Trump, Milei, Bukele y, por supuesto, Chaves. Variaciones sobre un mismo tema. Criaturas del mismo pantano. Berlusconi insultaba al poder judicial, modificaba leyes para su beneficio y prometía convertir al país en una empresa exitosa. Demostró que daba igual que fuera un patán y un delincuente, un freak grotesco y el ser humano profundamente desagradable que cubrió a los italianos con un manto de mentiras. Era abiertamente malo. ¿Y qué?
En un artículo publicado en 2008, en el diario El País, el filósofo Rafael Argullol describió a Berlusconi como un rey bufón contemporáneo. El primero de muchos que vendrían. Según Argullol, el movimiento estratégico de Berlusconi consistió en usurpar e intercambiar los roles del rey y del bufón:
De un lado, el rey absoluto que se apodera de la mayoría de los resortes del poder; del otro lado, el bufón que distorsiona grotescamente el paisaje, aunque no para proclamar la verdad, como harían los bufones medievales o barrocos, sino para reforzar la mentira”.
Además de reforzar la mentira, yo agregaría: difundir el odio.
Discursos de odio y afectos tristes
Frecuentemente, las bufonadas de nuestros gobernantes populistas vienen acompañadas de discursos de odio que pretenden polarizar, generar discordia y anular el diálogo. Discursos que se enfocan en contrastar a unos “otros” de un “nosotros”. Hoy se habla con frecuencia de discursos de odio, pero ¿qué son y qué los caracteriza? ¿Cómo se relacionan con los populismos autoritarios? ¿Qué relevancia tienen los medios de comunicación en su proliferación? ¿Existe un antídoto contra estos discursos?
Estas preguntas se abordan en el más reciente episodio del pódcast La Telaraña, en el que conversaron Fabián Coto, César Rendueles y Jurgen Ureña, conductor del programa. Fabián es escritor y productor radial. Ha escrito, entre otros libros, El conejo de la quebrada (2019) y Aves extremas (2024). César es filósofo y sociólogo español, que ha publicado ensayos como Capitalismo canalla (2015) y Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto igualitarista (2020). El pasado 6 de febrero, César inauguró, con una charla titulada El odio a la desigualdad, el Seminario Internacional Tribus del Odio, organizado por el Centro Cultural de España, el cual se extenderá durante el 2025.
Según los invitados de este episodio de La telaraña, los discursos de odio son intervenciones políticas, sociales o culturales que nos contraen, que nos hacen menos y promueven afectos tristes como la desconfianza, el miedo, el rencor y los resentimientos. Además, aparecen cuando no tenemos respuestas a los desafíos, reales o ficticios, que nos generan decepción o desencanto. Muchas veces, el odio es fomentado por figuras carismáticas de autoridad, que saben instrumentalizar este sentimiento para consolidar su poder.
“Demasiada democracia”
El odio es una forma de soledad, una manifestación del miedo a los demás, que se contagia debido a la destrucción de los vínculos que nos unen. Una desconfianza en la posibilidad de generar relaciones profundas. En este sentido, César y Fabián recomendaron promover espacios de confianza y convivencia como parques, teatros y centros de recreo, que permitan explorar pasiones e intereses con otras personas.
Además, las escuelas, los hospitales y los centros de salud son espacios de convivencia de gran importancia, que deben ser robustecidos. Según César, la degradación de esas instituciones de bienestar permite que algunas fuerzas consideren que “hay demasiada democracia” y que busquen debilitarlas, o inclusive, acabar con ellas. Finalmente, los invitados destacaron la importancia de contar con medios de comunicación que eviten las noticias falsas y promuevan el diálogo y la transparencia.
La Italia de Berlusconi fue el tubo de ensayo del “malismo punk”, como lo bautizó Fabián, y el primer ministro italiano fue el maestro del malismo. El malismo descarado, con sus discursos de odio y sus afectos tristes. Es urgente que nos sobrepongamos a esta atmósfera opresiva, que nos ahoga a diario. Necesitamos con urgencia terapias colectivas de afectos felices.
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