Somos una especie social. Está en nuestro código genético establecer relaciones interpersonales para el avance y evolución de la humanidad. Quiere decir que dependemos del colectivo para sobrevivir, para alimentarnos, para florecer, para procrear.

Este concepto biológico facilita la comprensión del principio de solidaridad, una institución tan antigua como las primeras comunidades. La caminata de treinta mil años desde el Cuerno de África hasta la Patagonia, pasando por India, desviándose a Australia, siguiendo hacia China, atravesando el Ártico y bajando por el Pacífico americano, fue posible gracias a la decisión de robustecer a nivel colectivo las vulnerabilidades del grupo y también las individuales. Viene a la mente el adagio africano, si quieres viajar rápido, ve solo; si quieres viajar lejos, vayan juntos.

Así llegamos a la modernidad, que bien podría haber iniciado con el judaísmo, la antigua Grecia o el Imperio romano. Lo cierto del caso es que hemos ido construyendo instituciones para garantizar mecanismos de robustecimiento de dichas vulnerabilidades.

Los avances de la civilización nos han hecho expertos en gestión de cambio, sin obviar la clara resistencia que en ocasiones genera. Que algo no funcione de manera eficaz no es razón para quebrarlo. Siempre podemos hacer pequeñas mejoras, quizás la forma más armoniosa y efectiva de avanzar en la dirección que aumenta el valor colectivo.

La cultura japonesa le ha aportado a la civilización el concepto de kaizen, o mejora continua. En tiempos de vorágine tecnológica en los que la adaptabilidad resulta ser una destreza humana fundamental, la recomendación de los expertos es asumir la actitud del aprendizaje continuo. La vida es una invitación al aprendizaje. Como dice el refrán: "más sabe el diablo por viejo que por diablo".

La instrumentalización de la solidaridad en agencias, instituciones, políticas públicas, leyes y alianzas público-privadas, tanto formales como informales, revela una depurada destreza para mecanizar la creación de hábitos colectivos. Cada uno de esos instrumentos nos libera de estar pendientes del robustecimiento de vulnerabilidades de nuestra comunidad. No quiere decir que nos libere de esa responsabilidad. Más bien, le da carácter de obligatoriedad a la identidad de toda persona ciudadana: somos solidarios, aunque no nos demos cuenta, aunque no queramos, aunque no nos importe.

Como toda obra humana, el derecho es vivo pues evoluciona en el tiempo. La creación de normas procura consagrar valores que induzcan comportamientos. Un ejemplo sencillo que Costa Rica le puede aportar al mundo es la abolición del ejército que ha consagrado la cultura desmilitarizada al cabo de generaciones de ciudadanos sin entrenamiento militar.

En palabras de Emile Durkheim, cuando los valores son suficientes, las normas son innecesarias, y cuando los valores son insuficientes, las normas son ineficaces. De ahí la importancia de priorizar la sacralidad del proceso de creación de normas, que son límites dentro de los cuales procuraremos el mayor bien para la mayoría de la nación.

Escuche el episodio 254 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Solidaridad instrumentalizada”.

Suscríbase y síganos en nuestro canal de YouTube, en Facebook, LinkedIn, Twitter y a nuestra página web para recibir actualizaciones y entregas.

Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio.