El 11 de abril de 1945, soldados del Tercer Ejército de los Estados Unidos ingresaron al campo de concentración de Buchenwald y encontraron a más de 20.000 prisioneros. Aproximadamente 56.000 personas fueron asesinadas en el sistema de campos de Buchenwald desde 1943.
Costa Rica ha experimentado un aumento desmedido en la violencia contra las mujeres, no solo en número, sino también en crueldad. La tasa total de femicidios muestra un incremento sostenido entre los años 2022 y 2024, pasando del 0.97 al 0.99. El femicidio íntimo o de pareja aumentó de una tasa del 0.59 a una alarmante tasa de 1.00.
El femicidio, por su naturaleza, es la máxima expresión de la violencia machista. No es solo un acto contra la víctima; el femicida busca dar una lección a todas las mujeres, demostrándoles que aquella que no cumpla con las exigencias de la masculinidad hegemónica pagará su precio. No es raro que las personas cercanas a nuestras hermanas, amigas y compañeras de trabajo o estudio recurramos al terrible y atroz acto de violencia contra una mujer para advertir a nuestro ser querido o compañera acerca del peligro inherente e inminente de una masculinidad violenta, que no se puede controlar y que no es responsable de sus acciones.
Como víctima y familia sobreviviente de femicidio, siempre me he preguntado qué lleva a una persona, en esencia igual a cualquiera de nosotros, con diferentes historias, oportunidades y vivencias, a pensar, sentir y actuar como un femicida. Hasta dónde influyen la sociedad, el entorno y la socialización en esta conducta atroz. Y me preocupa sobremanera la construcción de las masculinidades de nosotros los hombres, sobre todo porque esta construcción y validación de nuestra identidad masculina la forjamos y la aprobamos entre nosotros mismos, con hombres.
Es obligación del Estado garantizar el libre ejercicio de los derechos de sus ciudadanos. Tal vez el más importante sea el derecho a una vida libre de violencia. Que los jerarcas y, sobre todo, la cabeza del Estado, el presidente Rodrigo Chaves Robles, entiendan el poder y la fuerza que sus palabras y acciones tienen en la sociedad podría ayudarnos a construir masculinidades menos nocivas para nuestro entorno de seres queridos y personas con las que convivimos, pero también para nosotros mismos. El expresar, ante la preocupación de un gran sector de la sociedad, “No me importa” es un mensaje simbólico para todos aquellos que creen que el ejercicio de su masculinidad hegemónica les permite violentar y matar. La indiferencia mata, sobre todo si viene del servidor público de más alto rango. Ignorar y minimizar la violencia no soluciona el problema, lo empeora y nos hace cómplices.
Tras la liberación de Buchenwald y el horror descubierto por las Tropas Aliadas, el General Eisenhower dio órdenes para que los ciudadanos alemanes comunes y corrientes, vecinos de los campos, vieran de primera mano la barbarie y la monstruosidad que, con su indiferencia y complacencia, sucedía justo ante sus ojos. Quienes asistieron a ese triste espectáculo estallaron en lágrimas de vergüenza. Pocos pudieron tolerar las imágenes que circulaban a su alrededor. Fueron cómplices silenciosos de una maquinaria salvaje dedicada a la muerte.
La Humanidad, y la vida de una sola persona, no puede aceptar un "No me importa".
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