La gente no sabe comer y debería saber comer. La gente no sabe gestionar sus emociones y debería saber gestionar sus emociones. La gente no sabe comunicarse y debería saber comunicarse.

Todas esas cosas son ciertas y es extremadamente irresponsable que quienes están en posiciones de poder e influencia no hagan más al respecto.

No es solo un tema de dinero, pero si hablamos de dinero: el no saber comer le cuesta millones de colones a las personas y al Estado. Hablamos de muchísimas enfermedades y complicaciones de salud que están directamente vinculadas a problemas de alimentación, lo cual tiene un gran impacto en el sistema de salud y en las familias que luego tienen que cuidar personas enfermas o personas enfermas que luego no pueden satisfacer todas sus necesidades debido a incapacidades o discapacidades; hablamos también del uso, abuso y destrucción de recursos que se utilizan para producir alimentos que no alimentan, que a nivel nutricional no aportan nada, sino todo lo contrario.

Si vamos más allá del dinero nos damos cuenta de que es un tema fundamental en la vida: somos lo que comemos. Y cada vez más estudios demuestran que la nutrición no es solo un tema de estética, imagen y autoestima —como solía ser el enfoque que le daban muchas personas en el pasado; ni tampoco es solo un tema de sobrepeso u obesidad— que son problemas de salud pública a niveles epidémicos.

Lo que comemos impacta directamente en el bienestar o malestar general del cuerpo y en cada uno de nuestros órganos; impacta además en lo que pensamos y lo que sentimos, en la forma en que procesamos el mundo, la información y las experiencias, y eso mucha gente no lo sabe y debería saberlo.

En el 2023 la diputada Andrea Álvarez presentó el proyecto de ley 23.861 de etiquetado frontal con advertencias nutricionales para productos alimenticios y bebidas con contenido no alcohólico, que pretendía, entre otras cosas, que se colocaran sellos octagonales en los empaques cuando los productos y alimentos excedan ciertos valores en el contenido de sodio, azúcar, grasas, grasas saturadas y grasas trans, recurso que ya se utiliza en países como Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú, Uruguay y otros.  Sin embargo, el proyecto enfrentaba oposición por parte del sector empresarial y fue archivado hace unas semanas.

Afortunadamente, la misma diputada ha presentado un nuevo proyecto de ley sobre el mismo tema - el expediente 24.840, esta vez ampliando el plazo para que las empresas cumplan con la normativa.

Cuando se observa en la sociedad peligrosas tendencias a la normalización de la violencia, del matonismo y, en gran medida, de la ignorancia o del rechazo de la información científica y confiable, muchas personas atribuyen su origen solamente a aquello que sucede afuera o alrededor de esas personas; que si las redes sociales, que si la información (o falta de), que si las drogas o la educación, pero es importante que incluyamos a la alimentación en la ecuación que busca dar una explicación a todo esto.

Lo cierto es que, en la reacción de cada persona, en la respuesta de cada persona a una determinada situación, está también su mente (¡y su estómago!) procesando y digiriendo las cosas; interpretando, infiriendo, concluyendo y decidiendo cómo proceder.

Además de sus propios pensamientos y emociones, muchas personas están en dolor físico o con malestar físico debido a procesos inflamatorios, a excesos o concentraciones de sustancias o a deficiencias de sustancias y nutrientes; entonces eso también debemos incluirlo en la ecuación: ¿cómo procesa la vida y el mundo la mente de una persona desnutrida, malnutrida o con dolor?

La comida más saludable es cada vez más cara, pero la chatarra —que lejos de aportar más bien empeora— más accesible para todos. Restaurantes de comida rápida en expansión constante y con bajos precios; la gente sin tiempo para cocinar, trabajando por salarios que no alcanzan para la dieta y los alimentos que necesitan; las bebidas gaseosas y las cervezas más baratas que las bebidas naturales. Y ahí van las futuras generaciones, niños y niñas dándole a su cuerpo carbohidratos, grasas y azúcares en cantidades intoxicantes y oxidantes, mientras que lo verdaderamente nutritivo y refrescante brilla por su ausencia.

Y ahí vamos los demás, quejándonos de que la CCSS no da abasto (conste que igual habría que analizar a profundidad el tema de administración y deudas, pero lo cierto es que también se podría reducir el gasto invirtiendo en prevención y educación), quejándonos de que mucha gente actúa como si fuera más tonta, más agresiva y más envalentonada, y de que así nos llevan a todos de picada. Pero ¿qué diferente podemos esperar?

La conexión que existe entre la salud mental, los procesos cognitivos, la conducta y la alimentación y nutrición, es un tema que da para escribir más de un libro, pero en resumen se puede decir que ya sabemos que la conexión existe y que, desde diferentes disciplinas científicas, se hacen cada vez más estudios cuyos resultados nos dan más información sobre la relación entre la alimentación y diferentes trastornos del estado de ánimo, pensamientos, conductas, aprendizaje, memoria y atención.

Ahora es normal preguntar en terapia psicológica cuando alguien consulta por ansiedad si entre los hábitos de esa persona se encuentra el consumo de café o bebidas con cafeína o teína, alimentos y bebidas azucaradas, etc.  Piensen en alguien que padece de episodios de ansiedad y que busca aprender a escuchar su cuerpo, adquirir o potenciar recursos para gestionar sus emociones y mejorar su diálogo interno, al mismo tiempo que pretende seguir tomando 5 tazas de café al día como lo venía haciendo.

Imaginen un carro último modelo de la mejor marca que conocen y cuyo motor está hecho para funcionar con la mayor eficiencia utilizando gasolina súper, cambiando el aceite cada año como máximo y usando buenas marcas de líquidos de frenos, de transmisión, del radiador y demás. Pero resulta que le echamos gasolina regular que le compramos a un señor que la vende más barata (porque es ilegal y viene más sucia y con más sedimentos de lo aceptable), y resulta que le dejamos el mismo aceite por años, y resulta que le ponemos agua en lugar de los líquidos que se necesitan. Y el agua va calcificando y dañando piezas y mangueras, el aceite viejo quemado y la gasolina impura y barata van dañando el motor, y entonces empiezan los ruidos, y luego hay que ir cambiando piezas, y ya ni son las originales, y el carro se empieza a quedar varado. Todo porque el carro tenía una vida útil según ciertas especificaciones y requisitos, pero no le dimos lo que necesitaba.

Y es que todo empieza por saber tan siquiera qué es lo que necesita y le haría bien, y qué es lo que le haría daño para así poder identificarlo – volvernos conscientes.  Por eso el conocimiento es poder y, en este caso, también es salud y vida.

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