Los que me conocen saben que soy fan de Asimov y que creo fielmente que las máquinas algún día nos van a dominar, desde cierto punto de vista (favor no imaginar un futuro oscuro con robots que tienen el rostro de Arnold). Estaba recordando, por alguna razón, que hace unos años vi “I, Robot”, con el ahora resucitado Will Smith. Lo que me cautivó de esa película fue lo imaginativa que resultó y la libre adaptación que hicieron de la historia de Asimov, pero sobre todo la figura central de Sonny, el robot.

Sonny era un robot fuera de serie, capaz de pensar, razonar y crear por sí mismo, algo que el resto de los robots no podían hacer en el filme. Esta memoria sobre la película activó en mí los recuerdos de mi año de especialización en el Texas Tech University en Aprendizaje Automático e Inteligencia Artificial (ahí dónde me ven, la cara no ayuda, pero ya saben de donde viene todo lo que pasó en mi libro Águila Ciega) y vino a sembrar en mí la duda sobre los límites de lo posible. ¿Puede la IA ser realmente creativa o simplemente reorganiza lo que ya existe?

Herramientas como ChatGPT, DALL·E o Midjourney, funcionan como un chef del restaurante que quieran imaginarse (yo pienso en esa pizza de masa madre de La Pizzoteca, pero esa es otra historia) que aprende miles de recetas y, con base en ese aprendizaje, es capaz de generar platos nuevos con ingredientes ya conocidos. En efecto, estas IA no piensan ni tienen imaginación propia, solo generan resultados que se basan en patrones de datos previos. Pero suave, ¿no es así como funciona la creatividad?

En el mundo artístico, la IA ya siembra esta misma duda. Tenemos este año, por ejemplo,  películas nominadas al Oscar que fueron “arregladas” con elementos de IA y que ya solo por eso generan polémica. Tenemos músicos que componen canciones con elementos de IA, artistas visuales que crean obras digitales con IA y también, para dolor de mi alma, escritores que han publicado libros generados parcialmente por IA.

Ahora bien, entrando en el terreno que conozco de la literatura (no voy a pretender que soy artista visual, eso se lo dejo al artista nacional Andrés Murillo), puedo decir sin miedo que la IA no me preocupa…por ahora. Los contenidos literarios que genera una IA, carecen de alma y corazón, además de que no logran crear una intencionalidad en el texto que transmita sentimientos claros desde la trama. Leer un texto literario creado por IA es lo más doloroso que he leído en toda mi carrera. De hecho, el autor internacional español, Juan Gomez-Jurado, hizo la prueba y logró demostrar en sus redes sociales las carencias que padece ChatGPT a la hora de generar textos desde cero. Eso sin hablar del tema de derechos de autor, que ya tiene bien discutido The New York Times en los tribunales estadounidenses.

Sin embargo, intento verle el lado positivo al asunto. Me parece a mí que, desde cierto punto de vista nuevamente, la IA puede funcionar más como potenciador que como creador. ¿A qué me refiero? Siento que este tipo de herramientas digitales podrían ayudar a ser disparadores de ideas para los artistas. Se me ocurre que podemos pedirle un día que nos de una situación, un personaje y un espacio físico, y podemos partir de eso para hacer un ejercicio de escritura creativa. No necesariamente tenemos que pedirle que nos escriba el texto, sino que nos ayude a direccionar la creatividad.

Recordemos que hace unos cuantos años (en realidad, hace bastantes) la fotografía fue vista como una amenaza para la pintura, y el cine para el teatro, y al día de hoy, todos conviven de manera pacífica porque logramos entender lo que todas esas posibilidades tienen para ofrecernos.

Los dejo con una pregunta para analizar, sabiendo que estamos cerca del fin de semana, y que podemos reflexionarla con una copa de vino (Tempranillo, ojalá) el sábado por la noche: ¿el valor del arte está en el proceso o en el resultado?

Si no logramos llegar a una conclusión clara, ya saben que la culpa es del arte.